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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Cuando Dios camina por las calles

Texto: Clemente Nicado

Una misa en la misma cuadra de sus residencias fue para ellos un lujo espiritual, como si el Señor fuera de pronto ese vecino a quien necesitan conocer, confesarle un problema o escuchar su consejo.

Eran personas de la tercera edad, jóvenes -algunos muy jóvenes- o padres de familia con sus niños, que parecían disfrutar del privilegio de tener una iglesia al aire libre, a un paso de la puerta de sus casas

Estaban allí reunidos, acariciados por una brisa tenue y un sol benévolo, no muy lejos de templo de San Pío V, pero igual llenos de la misma fe que los mueve a las misas dominicales de esta iglesia de Pilsen.

“Vivimos en una comunidad de mucha fe, la gente quiere sentir a su Dios muy de cerca, no sólo en el templo, sino también, en su cuadra, en su casa”, dijo el padre Carlos Dahm.

Como en las iglesias regular, allí estaba el querido Padre para ofrecer la misa, la banda de música, las oraciones de esperanza, los testimonios y las palabras alentadoras que motivaron un saludable debate sobre un tema candente en sus propios barrios: la violencia.

Pero otras cosas fueron improvisadas. El altar colocado en el centro de la calle fue construido con sus propios medios. Una figura de yeso de la Virgen de Guadalupe, la mesa cubierta por un mantel blanco y la jarra de agua pertenecían a los vecinos, algunos de ellos trajeron sus propias sillas para sentarse.

La presencia del padre Carlos en las puertas de sus casas era un momento oportuno para cumplir un viejo anhelo: bendecir a sus santos que colocaron en una pequeña mesa junto a una barda perimetral para que fueran bendecidas por el sacerdote.

El padre, en realidad, bendijo toda la cuadra. Ese fue el preámbulo. Acompañado de sus feligreses que entonaban canciones, el padre Carlos fue por cada casa rociando con agua bendita el acceso a ellas en un acto que caía de perlas al tema central de la misa.

“Hay mucha violencia en nuestros barrios, la gente esta asustada y hay que llamar a la gente para que también pongan orden en sus casas, que aconsejen y cuiden a sus hijos de las pandillas”, dijo el sacerdote.

Pero el sacerdote, que por muchos años ha dedicado un sinnúmero de sermones a parar la violencia, tampoco desperdició este momento excepcional e invitó a Israel Vargas, un ex miembro de pandilla, cuyo testimonio puso a reflexionar a los participantes que no solo lo agradecieron sino que provocó un debate en torno a su conmovedora experiencia.

Vargas contó que, justo a su lado, mataron a una persona, que si bien no fue el homicida, resultó condenado a prisión por estar allí con sus compañeros de banda y narró cómo fue, arrepentido, su conversión en la cárcel.

Reflexionó. “Estaba desorientado (en malas compañías). Mis amigos terminaron siendo mis enemigos. Y mis ‘enemigos’, terminaron siendo mis amigos”, dijo en su conmovedor testimonio.

Habló del papel de los padres, de la necesidad de saber con quien se reúnen sus hijos, y de involucrase más en sus actividades. Sugirió no comprarle juguetes guerra, ni siquiera pistolas de agua, y alejarlos de las películas violentas.

“Este es un país de libertad. Pero cuando se trata de nuestros hijos, no se les puede dar toda la libertad, sobre todo cuando no han adquirido conciencia”, dijo.

Lo despidieron con aplausos e inmediatamente los participantes dividieron en pequeños grupos para debatir el tema. Todos satisfechos.

La misa cumplió otro objetivo que los feligreses consideraron primordial para la convivencia: saber quien es tu vecino, conocerse y ayudarse mutuamente si lo necesitan.

Al final hubo risas, comida donadas por restaurantes de la localidad y saludos. “Eso es muy bueno, porque a veces ni siquiera conoces quien vive al lado de tu casa”, dijo Oralia Aragón, entre los organizadores de la ceremonia.