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Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

¡De la Oscuridad a la Luz!

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Como muchos de ustedes saben mis años de infancia se llevaron a cabo en Puerto Rico, en la finca de mi abuelo paterno, quien era un colono de la caña de azúcar. En ocasiones nuestro abuelito permitía a nosotros sus nietos el ver el nacimiento de los pollitos. Así bajo una bombilla eléctrica, luz cegadora e incandescente los nietos nos reuníamos con suma ceremonia alrededor de la caja llana de paja que contenía los huevos. En el más profundo de los silencios esperábamos, esperábamos y esperábamos la aparición del pollito más valiente.

Repentinamente, los inquilinos con sus piquitos rompían la delicada superficie de sus cascarones. Después de una pequeña lucha y esfuerzo la primera, determinada criatura hacía su gran entrada a la luz de su primer día mortal, a la existencia. De más está el decir que nuestro sentido gozo se registraba en nuestra algarabía y demás pruebas de aprobación. Eventualmente, como adulto, aprendí que para los cristianos ortodoxos y bizantinos el huevo era un signo de nueva existencia, de un nuevo comenzar y de vida eterna.

Y es la vida eterna la que celebramos durante toda le época Pascual en nuestra iglesia. Al meditar sobre todo lo que aconteció desde un Jueves Santo hasta un Domingo de Pascua en la vida de Nuestro Señor Jesucristo podemos ver claramente su lucha en contra del pecado y de la muerte. Cristo en el Gólgota, murió por el mundo, por la remisión de nuestros pecados y para darnos el don de la vida eterna. Siendo el sacrifico perfecto Jesús combatió las fuerzas de la muerte, del dolor y de la oscuridad en un encuentro maravilloso con su luz. Él descendió a los infiernos donde yace en su forma más pura la semilla del pecado y cara a cara con el “enemigo” le dejó saber que no era él quien mandaba sino Dios en la divina persona de su unigénito Hijo: “La muerte, ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?”

A este magnánimo evento le llamamos la Resurrección. Jesús, dentro de los muros rocosos de su sepulcro se levanta victorioso sobre la carne humana, sobre la mortalidad y el pecado. Es precisamente esta victoria la cual celebramos al unirnos como iglesia, llenando nuestros altares de símbolos pascuales; el color blanco, los lirios y flores diversas, himnos gozosos y cantos de aleluya. Igualmente llenamos los altares de nuestros corazones con nuestras promesas bautismales y nuestra fe renovada. La fe puesta en Jesús quien nos ha garantizado una herencia la cual ni el tiempo, ni la polilla tocarán.

La fe, luego entonces, es nuestra respuesta afirmativa a la acción salvífica de nuestro Señor Jesucristo. Es nuestra manera de decir sí, creo en Jesús, el hijo de Dios y nuestro Salvador; “Señor mío y Dios mío”. A él, quien es el Alfa y el Omega, el principio y el fin, el objetivo de nuestra vida y la recompensa de nuestra muerte, le damos gracias infinitas por el sacrificio inefable que nos valió un lugar en el banquete eterno.

Durante este tiempo de gozo pascual vemos los diversos encuentros de personajes bíblicos con el Resucitado. Los discípulos lo vieron en la orilla del mar de Galilea donde él pidió de comer. María Magdalena lo confunde con el jardinero del lugar donde lo enterraron al no fijarse en su cuerpo glorioso. Vemos a los discípulos de Emaús que lo logran reconocer al partir el pan. Presenciamos cómo los apóstoles tienen un encuentro con Jesús a puerta cerrada por temor a los judíos. Entre ello se destaca el encuentro con Tomás.

Tomás inicialmente tuvo un problema con al resurrección de Jesús. Puso su confianza en el método científico como una forma de alimentar la fe. Su acercamiento fue empírico, basado en la data y no en la convicción. Tomás tenía que ver, tocar, probar y evaluar físicamente para poder creer. Grande fue su sorpresa cuando un Cristo resucitado le reta a utilizar sus métodos de evaluación pero sobre todo lo reta a creer, a tener fe. No simplemente eso sino que Jesús enfatiza el valor tan significativo de los que sin ver ya creen.

Una manera de creer en la resurrección de nuestro Salvador es viviendo la fe. Esto requiere la constante reafirmación en los principios de justicia y de igualdad. Esto requiere el comprometerse a proteger al inválido, apoyar a los más pequeños y dar voz a los que no la tienen. Por esta razón el envolvimiento y apoyo a la campaña de una reforma amplia a las leyes que afectan a los inmigrantes de nuestra nación es justo, es necesario. Si queremos celebrar la victoria de Jesús al romper el cascarón de la muerte y del pecado tenemos que ayudar a aquellos que luchan por romper el cascarón de la opresión y la injusticia. Tenemos que ser hijos de la luz, dándola a otros en sus luchas, no por lo que quieren sino por lo que necesitan para poder seguir viviendo y sirviendo en este país. Solo así podremos ser verdaderamente “una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.” Quizás entre el cirio pascual, la pila bautismal, los lirios blancos, el cordero y el pavo real podamos algún día ver un nuevo símbolo pascual; el de un inmigrante con honra, flores y voz. Y todo esto con ver un pollito nacer...

Esta columna del Padre Claudio fue publicada originalmente en mayo de 2006.