“El Papa Benedicto renovó mi fe y mi esperanza”
El diácono Manuel Dorantes* recoge sus impresiones en esta crónica sobre la visita del Sumo Pontífice a Nueva York donde viajó desde Waukegan para darle la bienvenida a su Santidad, a quien gritó, en puro español, un estruendoso “¡Lo queremos !”
El 15 de abril, desde el momento en que "Pastor Uno" aterrizó en la Base Andrews de la Fuerza Aérea, me quedé pegado al televisor en mi habitación del seminario en Mundelein.
Al navegar a través de los canales de TV, vi que todos tenían las mismas imágenes; el 265o sucesor de San Pedro bajando las escaleras del avión papal con el solideo en la mano y con una paso nada característico de un octogenario.
Seguí sus pasos en Washington, DC, a través de la magia de la televisión y la Internet y el jueves, 17 de abril, tomé un avión hacia Nueva York desde el Aeropuerto Internacional O'Hare. Entre las cosas que empaqué en mi maleta estaban todos los discursos que el Pontífice había hecho hasta ese momento. Ya sentado en el avión y a 30,000 pies de altura leía detenidamente cada una de ellos, mientras que en mi interior, me alistaba para experimentar a primera mano la unidad del Supremo Pastor junto con su rebaño.
Al llegar a Nueva York y mientras caminaba por la Séptima Avenida en dirección a mi hotel, el pasaje del Evangelio de Mateo (capítulo 16) resonaba en mi mente "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Esta frase del evangelio resonaba tan fuerte que enmudecía las ruidosas calles neoyorquinas. Estaba a tan sólo unas horas de estar muy cerca del hombre que da continuidad al ministerio Petrino. Mi corazón ardía de emoción.
El Primer Encuentro
El momento finalmente llegó; recorrí el camino hasta la Iglesia de San José, en Yorkville, donde estaba programado que el Santo Padre se reuniría con 250 representantes y líderes de iglesias protestantes, nacionales y locales, así como de la Iglesia ortodoxa. Fui bendecido con una entrada para presenciar el histórico acontecimiento, así que de acuerdo a las instrucciones recibidas llegué temprano, 3 horas antes que el Santo Padre llegara, para ser exactos.
Mientras esperaba sentado en mi banca, algo de la teología eclesiológica que había aprendido del Padre Baima en mis clases del seminario cruzaban por mi mente; la importancia del Ministerio Petrino para la unidad de la Iglesia, el deseo de nuestro Señor Jesús, en el Evangelio de Juan, de "que todos sean uno", y el reconocimiento de que todos los que llenaban la pequeña Iglesia en espera del Santo Padre habían sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (con la excepción de los mormones que no utilizan esta fórmula).
Los luteranos evangélicos saludaban calurosamente a los ortodoxos griegos, los metodistas abrazaban a los presbiterianos, los pentecostales dialogaban con los episcopales, todos se mezclaron, como si hubieran sido amigos que se reencontraban después de un largo tiempo. Su razón para estar ahí era la misma; orar por la Iglesia de Cristo y escuchar las palabras del sucesor de Pedro. La escena me conmovió.
De repente escuchamos los gritos de la gente que esperaba al Papa afuera de la Iglesia, y finalmente Benedicto XVI entró, todo el mundo se puso de pie y aplaudió mientras el Santo Padre recorría el centro de la iglesia. Muchos de ellos con sus cámaras en mano apuntaban hacia el Santo Padre para capturar el momento, mientras que los más cercanos al Papa extendían sus manos hacia él. El servicio de oración comenzó, y el sucesor de Pedro presidia.
Fue muy emotivo para mí ser testigo de este momento, en el que la cabeza visible de la Iglesia nos guiaba en la oración para después retarnos a trabajar para lograr la unidad entre los cristianos. Habló de la necesidad que tenemos de ser auténticos seguidores de Cristo si hemos de dar al mundo un testimonio positivo del Evangelio. También hizo hincapié en su preocupación por la manera en que algunas comunidades cristianas han dado la espalda a la tradición cristiana lo que ha dado lugar a una mayor fragmentación en nuevas comunidades y al debilitamiento de los lazos de comunión entre todos los cristianos. Para mi el evento dio vida a los documentos Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II y Ut Unum Sint de Juan Pablo II. Al menos en la oración, nos habíamos unido por algunos momentos.
Toco Su Rostro
Otro caso que me conmovió profundamente se produjo durante la reunión del Santo Padre con 50 niños discapacitados en la Capilla del Seminario San José, en Yonkers. Como tuvimos que permanecer en nuestro lugar por lo menos tres horas antes de que el Santo Padre llegara muchos de los niños se habían puesto impacientes y comenzaban a gritar; aunque uno de ellos se había quedado dormido. Entonces se escucharon vítores afuera, la música inició en el interior de la Iglesia, el Santo Padre entró en la pequeña capilla, y todo esto sucedía mientras el pequeño continuaba profundamente dormido.
El Pontífice comenzó a bendecir a cada niño y cuando llegó hasta el que habían quedado dormido, sonrió. A continuación, frotó la cara del niño con ternura y amor. El movimiento circular de la mano del Papa en la cara del niño me recordó la forma en que el Cardenal George ungió las cabezas de los obispos Kane, Paprocki y García-Siller hace 5 años en su consagración.¡El niño se despertó! Y ante él estaba la amorosa sonrisa, la amorosa caricia de Benedicto, Muchos no nos pudimos contener al ver este momento y las lágrimas no se dejaron esperar.
En otro momento, dos niñas presentaron al Santo Padre un regalo; una de ellas no pudo contenerse y corrió hacia el hombre de blanco, abrió sus pequeños brazos y abrazo las rodillas del Santo Padre. El Papa se agachó para abrazarla cariñosamente; otro tierno recuerdo que atesoraré por siempre.
Inmediatamente después de ese evento, me uní a mis compañeros de seminario quienes esperaron al Santo Padre en la Celebración de la Juventud. Alrededor de 32,000 jóvenes unidos por la misma expectativa de ver al Pontífice cantaban "Benedetto, Benedetto, Benedetto" y "Viva il Papa". Cuando arribó al lugar, muchos jóvenes seminaristas estiraron sus manos sólo para ser tomados por la mano del Pontífice. Sus rostros mostraban inmensa alegría y emoción.
Tan cerca de El
Al día siguiente tuve mi encuentro más cercano con el Santo Padre. Yo estaba sentado sobre el terreno del Estadio de los Yanquis esperando su llegada, cuando de repente apareció el papamóvil. La multitud se alegró y explotó en aplausos y aclamaciones de "¡Viva il Papa!” En seguida vimos como conmovido por las multitudes, el Papa bajaba su ventana.
Al pasar enfrente de mi miró hacia la enorme multitud en el estadio. Traté de llamar su atención, lo único que nos separaba era una barrera puesta para fines de seguridad por el Servicio Secreto. Luego, en español le grité tan fuerte como pude, "Su Santidad", sin ningún resultado. Él miraba hacia la multitud. Así que intenté de nuevo "Su Santidad" y entonces me miró, nuestros ojos se encontraron, e inclino su cabeza hacia mí como si me reconociera y lo único que pude decir fue "¡lo queremos!”.
Cuando me miró sentí una increíble sensación de paz, alegría y gratitud. Ahora que reflexiono sobre este encuentro, pienso que si esto es lo que sentí al encontrar al Vicario de Cristo, no me puedo imaginar la incalculable paz y alegría que experimentaré cuando finalmente llegue el día de encontrarme con Dios mismo.
Estos días han sido un magnífico tiempo de renovación espiritual para mí; me han inspirado a seguir con valor en mi camino hacia la ordenación sacerdotal y han alimentado mi alma de maneras que sólo apenas puedo comenzar a describir. Volví a Chicago lleno de alegría y encendido con el amor de Dios, dispuesto a hacer partícipe al mundo de este amor y a proclamarle que la única esperanza que tenemos es Cristo. Que no hay que temer darnos por completo a Cristo, no tenemos nada que perder, al contrario tenemos mucho que ganar.
Bendito el que viene en el nombre del Señor, ¡que el Señor bendiga al Papa Benedicto XVI por renovar mi fe y mi esperanza!
El Diácono Manuel Dorantes, de 24 años de edad, es diácono transitorio en el Seminario de Mundelein. Completó su Maestría en Divinidad, y su Licenciatura en Teología Sagrada el año pasado y actualmente está cursando los estudios para una especialización en Teología Sagrada en la Universidad de Santa María del Lago, en Mundelein. Será ordenado al sacerdocio en mayo de 2009; actualmente está asignado al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Des Plaines, IL. Se graduó de la Universidad de Loyola de Chicago con una Licenciatura en Medios de Comunicación y Filosofía. Es originario de la parroquia de la Sagrada Familia en Waukegan.





