La duda de Tomás
En una era donde nos encontramos sumergidos en innumerables avances tecnológicos, diversas maneras de comunicación y donde el ser preciso, apoyado en información, data y conocimiento son necesarios, la fe puede estar relegada simplemente al plano del misterio, a lo individual. Ciertamente fue un misterio para el apóstol Tomás la resurrección de nuestro Señor Jesucristo cuando en un atentado por enriquecer y fortalecer su relación con el Señor, presenta el reto de “no creer hasta no ver”. Este dudoso discípulo tiene las agallas y el valor de moverse a un plano más profundo en su fe y por alguna evidencia. El evento tan dramático y violento de la crucifixión, el entierro con suma prisa en incompletos rituales funerrios y el silencio de un sepulcro protegido por guardias romanos lo obligan a pedir una prueba tangible, real y verdadera en un momento donde la situación no se veía tan positivamente. Inclusive cuando Jesús se aparece a sus discípulos, Tomás está ausente. Todo esto lo lleva a su petición. El simplemente quiere ver a Jesús.
Si colocamos a Tomás en la categoría de los que no creen a la luz de su reacción inicial, es simplista y condescendiente. ¿Cuál es el problema? Sencillo, Tomás duda de la resurrección de Jesús y de su presencia entre los vivos. En medio de su desilusión y su espíritu quebrantado pide por una prueba de tal extraordinario evento. Esto es un caso de la fe buscando entendimiento. Con una actitud apasionada y con una gran capacidad de análisis crítico, Tomás reacciona en contra de creer simplemente por que otros creen. Él quiere tener un encuentro personal con Jesús. Él quiere entender... Él quiere creer...
Y Jesús, en un gesto dramático, en un episodio íntimo y a la vez universal, caminado hacia Tomás con la complejidad de un cuerpo glorioso y la familiaridad de un viejo amigo sorprendiendo al discípulo. Sin mucha pompa y circunstancia invita a Tomás a tocar sus heridas. ¡Le invita a creer! Cristo contesta su petición y lo sorprende, moviéndolo de incredulidad a credulidad, a la fe. ¿La respuesta de Tomás? “Señor mío y Dios mío.” El discípulo hace personal su encuentro con Jesús... Lo hace suyo, reconociéndolo como su Dios, salvador y redentor.
La fe envuelve un encuentro con Dios. Esta basada en una relación con lo divino y depende de nuestra experiencia, conocimiento y relación con Cristo y con el mundo que nos rodea. San Agustín indicó que “Dios es bueno y por su bondad entró en la naturaleza humana y luego su propia bondad, habiendo tocado todos los niveles de la naturaleza y la creación, regresa a Él mismo, creando el perfecto balance entre humanidad y divinidad.” Lo que comenzó como la experiencia y declaración de una persona se convirtió en el manifiesto de toda una comunidad de creyentes. No en lo abstracto, ni limitado al círculo de las ideas y conceptos, o dentro de las complejas estructuras de un discurso filosófico, sino en la realidad, en el aquí y en el ahora por siempre.
Ahora bien, el tener fe no es simplemente un ejercicio individualista de nuestro libre albedrío. El tener fe es simultáneamente personal y colectivo. La fe es nuestra propia respuesta al amor de Dios dentro del contexto de la comunidad, dentro de la realidad en todo momento, inclusive en momentos de crisis, de dolor y de duda. Es precisamente allí donde tocamos las llagas del Cristo resucitado.
Al encontrar a Cristo en la eucaristía, quizás nos encontramos cara a cara con nuestras miserias personales, nuestras faltas, nuestro relativismo moral, los escándalos de la iglesia, las crisis familiares y todo tipo de debilidades que atacan el Cuerpo de Cristo. Pero reconocemos que solamente la fe nos guiará en momentos de oscuridad hacia la luz del mundo que es Cristo. El resucitado está presente entre nosotros y tenemos que movernos hacia él para verlo no con los ojos del cuerpo sino con los ojos de la fe. “Benditos los que no han visto y creen. ¡El Señor resucitó, aleluya!





