El Triduo Pascual
El Triduo Pascual, según la antiquísima tradición de la Iglesia, celebra la misa de la Cena de Señor (Jueves Santo), la Pasión del Señor (Viernes Santo) y la Resurrección de Nuestro Señor (Domingo de Pascua) precedido por la Vigila Pascual (Sábado de Gloria). Las liturgias expresan el estado sicológico y espiritual del momento. La decoración se une para demostrar visualmente el tono de la ocasión, como lo pueden ser una mesa decorada para la última cena, la procesión del vía crucis para el Viernes y la presencia de flores y el cirio parcial para el domingo.
Son tres momentos, tres partes, que desean representar el misterio de nuestra salvación. Estas tres pausas litúrgicas se unen para representar una historia, la historia de cómo Cristo padeció, murió y resucitó por nosotros … para que tuviéramos vida eterna.
Durante la celebración del Jueves Santo, Jesús establece claramente lo que significa el “Cuerpo de Cristo”. Con profunda humildad, el anfitrión de la última cena y la primera eucaristía, adopta la forma de un servidor. Adjunto al agua para lavar los pies de sus discípulos Cristo se derrama a sí mismo. Lo que para el mundo es un gesto de humillación, para Dios resulta en un signo y modelo de servicio a los demás. De esta forma se instituyen tres realidades en nuestra fe: la institución de la eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el mandamiento principal de Cristo de amor fraterno. La Eucaristía es enfatizada con las palabras de “Tomad y comed todos de él…” Con estas palabras Cristo nos da su Cuerpo y su Sangre para que podamos nutrirnos espiritualmente en nuestra jornada hacia el Padre. Mientras más comamos de su carne, nos vamos convirtiendo en fragmentos de ese cuerpo divino. Con la ayuda del sacerdocio ministerial y a través del amor fraterno nos convertimos en lo que comemos… Nos convertimos en eucaristía.
En Viernes Santo el mundo se llena de luto.
En este día no se celebran misas. Sólo se celebra un servicio de comunión. El cuerpo de Cristo a través de las narraciones de su pasión, dadas en la liturgia o vistas en el vía crucis, es mutilado, crucificado y enterrado en una fosa. Dicho sepulcro fue hasta prestado para acentuar el sentido de pobreza y de darse a los demás. Los personajes de la pasión son resaltados, Poncio Pilatos y su esposa Claudia, San Pedro, Maria Magdalena, el Cirineo, la Verónica, José de Arimatea y demás, presentando la muerte de un inocente y haciendo eco a las palabras de San Juan Bautista “He ahí el Cordero de Dios.” En la soledad del sepulcro, bajo la burla de los incrédulos y el abandono de sus discípulos, Cristo permanece inmóvil pero no inerte. Descendió a los infiernos, donde yace la semilla del pecado, demostrándole a Lucifer, "el portador de la luz” que ultimadamente es él, Cristo, quien tiene la última palabra y quien es la verdadera luz del mundo. Mientras, su madre camina por la ciudad de Jerusalén, profundamente herida, acongojada por la pérdida de su inocente hijo, trasformando los ruidos del juicio, la crucifixión y entierro en el silencio y la soledad de María”. Y nosotros la acompañamos en su pésame.
Finalmente Cristo en la mañana del Domingo de Pascua, desde las entrañas de la tierra, se levanta glorioso convirtiéndose en el misterio central de nuestra salvación. En ella anuncia que Dios es amor y que su amor es generoso, fructífero e inefable. Toda la naturaleza se redime a través de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. El amor de Dios rompe con las cadenas del pecado y de la muerte, asegurándonos un lugar en el banquete eterno, en el cielo. La iglesia comienza cerca de la medianoche con la vigilia Pascual. Los catecúmenos y candidatos reciben el sacramento cotizado y esperado por mucho tiempo. La iglesia se llena de símbolos celebratorios de la vida eterna como los es el pavo real, el cordero victorioso, el cirio pascual, los lirios y las aguas recién bendecidas. En un momento dado todo lo que es hermoso, todo lo que es verdadero y todo lo que es eterno se une en un solo punto… ¡Cristo ha resucitado!
El Triduo Pascual resume nuestra jornada hacia el Padre. En él caminamos con Jesús desde su arresto, juicio, sufrimiento, muerte en al cruz y victorioso abandono del sepulcro. Para recibir las gracias de este momento litúrgico tenemos que entenderlo. Tenemos que entender que la cruz sin el sepulcro vacío resulta en un sufrimiento innecesario, y cósmicamente vacío. La resurrección sin la cruz produce un sentimiento cosmético de gozo sin profundidad, sin sustancia. Ambos cruz y sepulcro vacío deben ir de la mano. Todo lo que está en medio debe ser entendido, sentido y vivido. Recordemos que si le somos fieles a Cristo en la cruz, él nos será fiel en la resurrección.
Para los judíos sentarse en las cenizas implicaba tristeza por los pecados o la pérdida de un ser querido y abandonarse a la misericordia de Dios. Era un momento de meditar en lo tenido, en lo perdido y en maneras de acercarse más al Todopoderoso. La iglesia nos da un momento donde la ausencia de símbolos nos lleva a centrarnos en la jornada de amor que Cristo emprendió por nosotros. Con pocos símbolos como la imposición de las cenizas recordando nuestra inmortalidad, el color morado símbolo de luto, el vaciar las fuentes de agua bendita como noción de desierto y otros elementos que dan una presencia espartada y minimalista, la idea es llevarnos a una experiencia donde nada nos distraiga. Un “retiro” donde nos encontramos a Jesús. De esta manera lo imitamos y le seguimos al desierto.
Dentro del desierto Jesús es tentado. El desierto se convierte en lo opuesto del jardín del Edén, presentándose como árido, inhospitalario, fragmentado y lleno de espejismos. Jesús lucha, según los evangelistas, con tres tentaciones. Estos tres momentos pretenden empujar a Jesús a ser parte del vacío, de la falsa ilusión del enemigo y de esa manera abandonar su misión.
La primera tentación envuelve pan. Resulta irónico que Jesús “el pan de Ángeles” sea tentado con pan. El enemigo conoce a Jesús y utiliza ese conocimiento para dominarlo. Primero dice “Si en verdad eres el hijo de Dios...” probando, retando y cuestionando su divinidad. El demonio quiere colocar la semilla de la duda personal en Jesús para que su misión de salvación no se lleve a cabo. Segundo le dice, “... ordena a estas piedras a que se conviertan en pan”. Jesús llevaba cuarenta días y cuarenta noches ayunando. La tentación está dirigida a su humanidad, a su necesidad primaria y biológica de comer, a su cuerpo físico. Esta primera tentación lo coloca en una posición donde su divinidad y su humanidad son tentadas y cuestionadas. En cuantas ocasiones no caemos víctimas de nuestros propios apetitos a la comida, a la bebida, a gastar en cosas para nuestros cuerpos...
La segunda tentación lo lleva al templo. El lugar que debería ser símbolo de seguridad y adoración a Dios se convierte en el escenario para probar su humildad dándole una oportunidad de caer en manos de los y de la arrogancia. “Ángeles vendrán a atenderte si te arrojas de aquí”. El enemigo no descansa en la posibilidad de arruinar el plan de Dios. En ocasiones cuando se nos da un cargo, posición como líder o autoridad puede que caigamos en la creencia de pretender que nuestra autoridad es un escudo y carta blanca para hacer lo que nosotros queremos y no lo que debe de hacerse. Eso es arrogancia.
La tercera tentación implica el ámbito político-secular. El enemigo invita a Jesús a cambiar su vocación por aspiraciones terrenales; “Adórame y te daré todos los reinos de la tierra”. Le presenta una visión de Cristo limitada y controlada por el demonio, pues es él quien la ofrece y quien quiere contaminar, nublar y tronchar la verdadera misión de nuestro salvador. Al ofrecerle los reinos del mundo se le está presentado un poder temporal, fragmentado, limitado y material. El enemigo sólo puede ofrecer eso, una ilusión de autoridad temporal, sin sustancia y ultimadamente vacío. Quizás en nuestra vida se nos ha propuesto una oportunidad de ejercer poder sobre otros y terminamos limitados a tiempo y espacio no dando vida sino quitándola. De ahí que la arena política no sea suficiente para el cristiano. Todo, desde un rosario hasta una marcha por los inmigrantes, deber hacerse por amor a Dios y por la plenitud de su Reino. Porque Dios así lo quiere...
La cuaresma nos invita a confrontar esos y varios demonios en nuestras vidas. Es tiempo para una oración prolongada, contemplativa, donde hacemos un inventario de cómo respondo al llamado de Dios. Atendemos a los servicios penitenciales y de reconciliación para ponernos a día con Dios y con el prójimo. Es un tiempo de solidaridad con los oprimidos donde a través del ayuno y abstinencia, compartimos con otros el dolor humano y la esperanza salvífica de actos de purificación. Es un tiempo para devociones y peregrinajes especialmente hacia nuestros corazones.
La cuaresma luego entonces es una jornada autentica de introspección, purificación y ultimadamente resurrección. Unamos nuestros corazones y manos en esta jornada hacia la luz divina de un sepulcro vacío... Todo comienza con estar “sentados en las cenizas”.





