Tres jóvenes de una sola familia sirviendo a nuestra nación
Elvira Sosa nunca se consideró una madre militar. Ningún miembro de su familia, ni de la de su esposo, Pedro, había servido en el ejército.
De manera que, cuando Robert, el tercero de sus hijos, le avisó hace cuatro años que se había enlistado en el ejército, al principio no lo creyó. “Cuando obtuvo su identificación, mi mente no registró lo que había hecho”, dijo, “Me di cuenta de ello hasta que partió”.
Después, su hijo mayor, Oscar, decidió unirse a su hermano en el servicio militar. Recientemente, su hija, Rosemary, se enlistó en la Guardia Nacional y el más pequeño de la familia, Adrián, de seis años, ha anunciado que él también quiere ser un soldado como sus hermanos.
Sosa dice que intenta sobrellevar esta situación orando el mayor tiempo posible. Madre de cinco hijos y feligrés de la parroquia Maternity BVM, Elvira Sosa trabaja el tercer turno en la empresa Nabisco donde dedica el tiempo que tiene para rezar el rosario. Durante el día, se hace cargo de dos nietos, hijos de su hija mayor, Laura.
“La gente me dice, ‘¿Cómo le haces? Yo sería un manojo de nervios”, dice Sosa, sentada en una silla, flanqueada de los retratos militares de sus hijos. “Soy un manojo de nervios, pero tengo mi fe”.
Robert tenía 19 años de edad cuando se enlistó. Había obtenido su GED (Certificado equivalente a la educación secundaria) de la Academia Lincoln’s Challenge, la cual describe como una escuela “semi-militar”, mientras trabajaba como dependiente.
“Uno de mis amigos y yo paseábamos por el barrio en un día de descanso”, cuenta Robert, ahora de 23 años de edad y quien vive en casa después de haber completado su servicio militar activo.
Al ver una oficina de reclutamiento se metieron. Dos días después, firmaron los trámites, y cuatro meses después se presentaron en Fort Benning, en el estado de Georgia para iniciar su entrenamiento básico.
“Es algo que pasa sólamente una vez en la vida”, afirmó Robert en una entrevista desde la sala de casa de sus padres. “Si no lo hubiera hecho en aquel momento, nunca lo habría hecho.”
Su unidad estuvo estacionada un año en Irak, patrullando las calles de la ciudad de Sadr, en Bagdad.
“Tenía sus altibajos”, dijo Robert. “Fue toda una experiencia lidiar con la gente allá.”
Acababa de regresar de su asignación en el extranjero cuando su hermano mayor, Oscar, se encontraba terminando su entrenamiento básico.
Oscar, ahora de 27 años de edad, se enlistó hace dos años y medio, mientras su hermano se hallaba en Irak. Ahora él está estacionado en Fort Drum, New Jersey, después de haber completado un periodo de 15 meses en el llamado “Triángulo de la Muerte”, donde fungió como operador de radio-teléfono y portador de municiones en un escuadrón armado.
“Iba a enlistarme después de completar la secundaria”, dijo Oscar durante un descanso en casa en el mes de diciembre. “Mis papás me convencieron de no hacerlo y hacer el intento de continuar estudiando. Me enlisté cuando tenía 24 años de edad.”
Cuando lo hizo, partió con las bendiciones renuentes de sus padres.
“Nunca les dije, ‘No lo hagas”, cuenta Elvira Sosa. “Porque si lo hubiera hecho y las cosas hubieran salido mal, me habrían dicho, ‘Si sólo nos hubieras dejado enlistarnos en el ejército’. Sé que no es un tiempo propicio para hacerlo, pero uno nunca sabe que va a pasar”.
Cuenta Elvira Sosa que mientras sus hijos estaban en Irak, ella se negaba a ver las noticias en la televisión. Lo que sí hacía era comunicarse regularmente con los dos jóvenes a través de cámara Web por Internet.
“No más dejaba la computadora puesta, y cuando se escuchaba el zumbido, me echaba a correr”, cuenta Sosa. “Siempre les preguntaba si habían recordado persignarse antes de salir”.
También les enviaba estampitas religiosas, medallas, rosarios, regalos de otros familiares.
Aparentemente tuvieron efecto, porque Oscar dice que nunca sintió miedo.
“Yo sabía que si me moría me iba ir al cielo”, dijo.
Elvira tuvo su propio sueño religioso poco después de que Robert había iniciado su misión, en el que sintió que alguien la estaba abrazando por detrás. Cuando el abrazo terminó, “sentí que un enorme peso se liberaba de mis hombros”, dijo. En su sueño, le preguntaba a Rosemary que quién creía que le había dado el abrazo.
“Ella afirmaba, ‘mira, es el Papa (Juan Pablo II, quien recientemente había fallecido)’. Yo le tengo una enorme devoción al Papa Juan Pablo II”, dijo.
Sosa dijo que continuará confiando en su fe, ahora que Rosemary se va para su entrenamiento básico en febrero. A Oscar le darán de baja el 11 de septiembre de 2008, pero quedarán elegibles, él y Robert, para formar parte de las reservas del ejército.
Ahora, a casi un año de estar fuera del ejército, Robert encuentra difícil adaptarse a la vida de civil, sin que nadie le ordene cuando debe levantarse, cuando hacer ejercicios o simplemente qué hacer. Él tiene la esperanza de comenzar pronto a tomar clases en la universidad y conseguir un trabajo.
Esa es un área donde se necesita más apoyo de toda la sociedad.


