Que el silencio sea la próxima víctima
El obispo Gustavo García-Siller se unió a la triste despedida de Leticia Barrera, una madre asesinada por las pandillas en el barrio Las Empacadoras y cuya muerte dejó atónita a una comunidad que vive atenazada por la violencia. El cuerpo fue velado en la iglesia San Miguel Arcángel.
La muerte absurda de una mujer embarazada, cuyo único delito fue dar un momento de felicidad a sus tres hijos llevándolos a recoger caramelos y chocolate en una tarde de Halloween, quedará por años en la mente de muchos vecinos del barrio Las Empacadoras.
Ya han pasado varias semanas y todavía en la iglesia San Miguel Arcángel persiste el perturbador recuerdo de lo sucedido a Leticia Barrera, una madre mexicana que el 31 de octubre engrosó la creciente lista de víctimas inocentes de las pandillas.
El cuerpo de Barrera ya fue sepultado en México, su tierra natal, pero muchos feligreses aún no pueden borrar una serie de imágenes desgarradoras: personas adultas sin poder contener las lágrimas, menores de edad bajo un trauma quizás incurable y toda una familia hecha pedazos, mientras la inocencia de los niños era visible en torno al féretro blanco expuesto en la parroquia del sur de la ciudad.
La mayoría de las personas que dieron el último adiós a Leticia la noche del 7 de noviembre ni siquiera la conocían. Muchos vinieron desde lejos, pero la solidaridad, el dolor y la rabia por el asesinato los reunió en torno a otro acontecimiento que estremeció a toda una comunidad.
Al hablarles ante más de unas 500 personas reunidas en la iglesia, poco antes de llevar el cadáver al aeropuerto O’Hare para trasladarlo a México, el obispo Gustavo García-Siller dio ánimo a una audiencia herida por esta desgracia.
“Muchos de los que están aquí conocían a Leticia, pero otros ni siquiera la conocían”, dijo el obispo visiblemente conmovido. “Pero están aquí porque creen en la dignidad y la vida”, acotó. Poco antes, en entrevista con Chicago Católico, García-Siller arremetió contra la rampante violencia en el barrio que en los últimos meses se ha llevado a otras 14 vidas en una causa atribuida a la lucha entre pandillas rivales.
“La gente está aquí por dignidad, por respeto a la vida, porque quieren cambiar este escenario. Están aquí porque tienen fe en que habrá cambios en las instituciones”, dijo el líder católico.
Para el obispo la expresión de apoyo de quienes visitaron la parroquia es un acto de solidaridad y de fe. Aunque también advirtió sobre el temor que sienten muchos de los vecinos del barrio.
“Mucha gente vive con miedo en el país de la libertad. Son personas básicamente de muy bajos recursos, que no se les atiende sus necesidades básicas. Quiero decirles que la iglesia está con ellos”, afirmó.
La muerte de Barrera, quien había emigrado de México hace apenas siete años, cobró todavía más dramatismo por ocurrir justo el día del 32 aniversario de esta madre oriunda de Temaxcalapa, Guerrero.
Según versiones de la Policía de Chicago y de parientes presentes en el funeral, los hechos ocurrieron alrededor de las 6 de la tarde en la cuadra 4800 S. Seeley Ave, cuando una bala disparada desde media cuadra de distancia dio supuestamente en el blanco equivocado.
“Ella estaba en el portón de su casa con sus tres hijos, otras dos personas mayores con dos niños más. Al escuchar los disparos se tiraron al suelo, pero una vez que pasó todo, Leticia seguía tendida. El tiro le dio en la cabeza”, dijo Wilfredo García, quien se identificó como un familiar de la víctima.
Aún bajo el estrés por lo ocurrido, este joven no se explica “por qué todavía no han atrapado al criminal” y se refirió a la cobardía de los asesinos quienes, según versiones de testigos, dijo, venían enmascarados.
“Creo que esto va a seguir pasando. Si no ponen mano dura, habrá más problemas para la comunidad”, afirmó el joven.
Algunos de los entrevistados, que sólo se identificaron con un nombre o prefirieron mantener el anonimato por ser indocumentados –como lo era Barrera- pidieron más vigilancia policial, otros “tener más cuidado” de las pandillas y hubo quien pidió mayor cooperación de los feligreses para atrapar al asesino.
Quizás lo que más preocupa ahora a la familia de Barrera son las secuelas psicológicas del fatal acontecimiento en Manuel, Evelín y Jessica, los hijos de Barrera de 6, 4 y casi 3 años.
Al cierre de esta edición, la recompensa por la captura del asesino ascendía a $3,500 pero más allá del dinero en efectivo un feligrés de San Miguel Arcángel que sólo se identifico como “Antonio” dijo que la comunidad debe unirse para detener la ola de crimen en el barrio.
“No importa si tiene papeles o no (sí tiene estatus legal o ilegal. Hay que dejar el miedo, romper el silencio (denunciarlo a la Policía) porque mañana nos puede pasar a cualquiera de nosotros”, dijo indignado.
Si bien las iglesias de la Arquidiócesis han ido reforzando sus programas comunitarios para contener el fenómeno de la violencia, el obispo García- Siller dijo que se necesita cambios más drásticos por parte de las instituciones y atacar el fenómeno desde su raíz.





