Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

Orar, orar y orar sin desfallecer

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

En una de mis más recientes visitas al Medio Oriente, al país de Jordania, debido a circunstancias confusas e idiosincrasias de sistemas en países de Tercer Mundo, un grupo de pasajeros nos quedamos sin abordar nuestro avión. La opción que se nos presentó fue de tomar un turno en la lista de espera con la posibilidad de salir del país con por lo menos cinco días de atraso. Lo primero que pensé fue “mis párrocos me van a matar”. Recordé todos los compromisos que tenía pendientes como bautismos, una boda, unos quinceaños, citas y demás. Una dama que había conocido en mis viajes anteriores a Jordania, de nacionalidad cubana y casada con un jordano, se enteró de mi dilema y me citó para vernos en el Hotel Meridian, en Amman, la capital de Jordania. Acompañado por mis amigos los hoy en día Padres Wissam y Humam, la Sra. Tanya y yo hicimos nuestra entrada por una puerta que tenía un rótulo en francés, inglés y árabe que decía “no entrar”. Ella se presentó y pidió sin titubeos hablar con la cabeza máxima de esa oficina. Inmediatamente apareció el director de reservaciones de boletos de esa agencia de viajes de todo el Medio Oriente. Sin perder tiempo Madame Tanya comenzó a discutir insistente y apasionadamente con el director en árabe. Las voces subieron, la discusión se desarrolló enérgica y voraz, donde ninguno de los dos cedía. Finalmente después de unos veinte minutos, el director me dio un nuevo boleto con provisiones para abordar el próximo vuelo a Chicago. Le pregunté a Madame como lo había logrado, que le había dicho al director.

Primero ella simplemente se presentó como quien era, Madame Tanya Camps Montoya de Farján, ganadora de una medalla olímpica en las Olimpiadas de los 80 representando a Cuba. Por virtud de su estatus como deportista ella conocía a muchos miembros de la familia real jordana. No simplemente eso, sino que ella sabía que el director contaba con un hermano que era sacerdote y que el tenía que saber la importancia de que los sacerdotes estuvieran con su comunidad. Resumiendo, le dijo “Deje ir a este sacerdote para que se reúna con su pueblo”.

Imagínense si rezáramos u orásemos con la misma pasión de Madame Tanya frente al director de la línea aérea o con la insistencia de la viuda ante el juez en el evangelio. Las escrituras nos invitan a través de Jesucristo a orar continuamente, con determinación, sin vacilar... Estamos siendo invitados a pedirle a Dios aquello que necesitamos, a entender lo que queremos y a pedirlo a través del vehículo de la oración. Jesús nos asegura que las oraciones siempre son contestadas de una manera u otra y que Dios nunca abandona a Sus hijos.

La viuda con su firme determinación de obtener justicia de un juez indiferente se mantiene como un ejemplo de perseverancia en la petición, en la oración. ¡Ella no se rinde! Aun cuando la reputación del juez le precede, esto no intimida ni afecta a la viuda. Ella siente que no tiene otra opción... Ella tiende que pedir por lo que es justo y necesario. Ella ejercita perseverancia sin perder el ánimo, sin perder el corazón, centrándose en aquello que es justo y auténtico. La viuda se deshace de toda agenda personal y egoísta. Como viuda estaba expuesta a personas y elementos que podían perjudicarla como mujer, como parte de la sociedad en que vivía y como hija de Dios. Necesitaba lidiar contra sus adversarios de una mera que le diera vida y no le diera muerte. Esto se deriva no de una mera agenda personal, sino de un instinto de conservación y protección a la creación del Padre. Ella pide justicia, el tipo de justicia que no solamente responde a lo personal sino que trasciende al plano universal. Lo justo no solo es bueno para uno sino para todos... Y sólo había una persona que se la podía dar. Hacia esa persona, el juez, ella se dirige, armada en batalla, firme, centrada y en victoria.

La oración implica “hablar con Dios”. Hay varios tipos de oración y maneras de orar pero lo importante es que salgan del corazón, que sean genuinas y que hablen desde nuestra humanidad para que ultimadamente poder alcanzar lo Divino. La oración implica hablar desde nuestra experiencia, desde donde nos encontramos en nuestro peregrinar. Nos provee de un espacio santo, un momento de reverencia y un lugar sagrado donde nos podemos comunicar con la primera y última razón de nuestra existencia... Dios.

En nuestra oración le llevamos a Dios lo que somos y tenemos. Puede que esto sea gozo, o confusión, o tristeza o enojo. Como un buen amigo el entiende. ¡El nos conoce! Nos ayudará el recordar que no le estamos diciendo nada a Dios que no sepa. El es omnisciente, conocedor de todo. Así pues, la oración se convierte en el ejercicio por el cual le hablamos y aprendemos a conocer lo que en realidad necesitamos. Dios nunca se rehúsa a darnos todo aquello que es justo y que provoque un bien mayor, un beneficio de acuerdo a su plan de salvación, a su sabiduría y voluntad.

En una era en la que estamos acostumbrados a resultados instantáneos y gratificaciones inmediatas quizás nos sintamos impacientes ante lo que sentimos es una tardanza en la respuesta a nuestras oraciones. Aun así, el mensaje de Cristo es claro. Debemos seguir orando, tocando a la puerta y sin rendirse continuar en relación con El. Será la oración continua la que mantenga la lámpara de nuestra fe brillando e iluminando nuestro camino hacia Dios, llevándonos cada vez más cerca de él.