Tenemos que ser como niños...
Durante el mes de septiembre nuestra nación recordará seis años de luto nacional. América lloró por sus hijos en septiembre 11. Un acto deliberado y luciferino se llevó a cabo en Nueva York y en otras partes que cambió la faz de nuestro sistema de seguridad nacional. El ataque terrorista por parte de grupos fundamentalistas islámicos cobró la vida de varios hijos de Dios. De esta manera nuestra nación se pudo identificar plenamente con la violencia terrorista innecesaria que acosa a varias partes del mundo. En ese momento nos abrumamos con sentimientos de incredulidad, confusión, ira y profundo duelo.
¿Porqué sucede estas cosas? ¿Porqué la violencia y el odio? Creo que cuando un ser humano apunta con destrucción la vida y el corazón de otro se debe a que ese individuo fallo en ver a Jesús en los demás. Cuando bloqueamos el rostro de Dios en su creación, cuando no reconocemos la belleza única y el tesoro irremplazable en los demás no damos vida. ¡La arrebatamos!
Cuando bloqueamos la faz de Dios con nuestras propias inseguridades, agendas, personales, pequeñeces y miserias personales sustituimos la cara del Creador, del Todopoderoso por otra... La cara del enemigo, vacía de todo amor y toda compasión. Pero en medio del vacío de esa fecha tan nefasta, en medio de esa oscuridad, de esa falta de amor, como nación respondimos. Respondimos con bomberos, doctores, enfermeras, sicólogos, sacerdotes, y ciudadanos que se unieron para simplemente “ayudar”. En un acto colectivo muchos quisieron sanar el daño y de diversas maneras reponer el rostro de Dios. En toda la nación se llevaron a cabo misas, servicios de oración, marchas pacíficas y demostraciones de reconciliación. Las iglesias se llenaron de los hijos de Dios. Volvimos al encuentro del ser Divino, a depender de la misericordia de un Dios amoroso, volvimos al Padre. Volvimos a nuestra fe... Volvimos a ser niños.
Fue nuestra fe la que nos ayudó a lidiar enfrente a este vacío con temple y esperanza. Somos una nación fundada en la esperanza. Fue esto lo que trajo a muchos de nuestros ancestros y sigue trayendo a varios inmigrantes a este país en búsqueda de una nueva vida. Es la esperanza la que mantiene después de 2,000 años la puerta abierta de un sepulcro vacío, permitiendo que la luz de su resurrección tocase nuestras vidas. Es la esperanza la que mantiene a nuestros indocumentados unidos en un sueño por una mejor vida aquí en la tierra y ciertamente en el cielo.
Pero esto solamente lo podemos hacer no aniñados, buscando excusas, viviendo en un mundo de inmadurez, y exigiendo atenciones ego centristas, sino siendo niños. Frágiles, vulnerables, trasparentes, dependientes. Los niños no discriminan. No ven colores o razas o credos. Ellos ven otros niños tal como ellos. Como cristianos esta debería ser nuestra bandera; Ver en todos a un Cristo, ver que todos somos parte de su cuerpo místico, ver que somos iguales. La naturaleza de los niños es una de dependencia a sus padres. Dependen de papá y mamá para su alimento, su protección, su seguridad, su amor... Así deberíamos ser nosotros. Dependientes no sólo en nuestras capacidades, recursos, talentos o en cualquier cosa que podamos hacer, sino el saber de que con todo eso, si no contamos con la gracia de Dios en cualquier cosa “en vano construyen los albañiles la casa.”
Como niños debemos buscar y depender de nuestros padres en todo momento. No solamente en momentos de crisis sino siempre. Es permitir que las iglesias se llenen constantemente y no solamente por eventos trágicos. Esto comprende desde un ataque terrorista nacional hasta la muerte de un ser querido. No esperar a que la oscuridad nos lleve a la casa del Padre sino siempre estar en ella, cuando haya luz y cuando haya sombras. Ser como un niño es tener fe en nuestro Padre Todopoderoso. En momentos buenos “tener fe” y en momentos difíciles... “tener fe”. ¡Recuerda que tienes que ser un niño para ir al cielo!


