Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

“Los Mexicanos Invisibles”

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

El viernes 8 de junio asistí a la gala en Chicago de la película “Los Mexicanos invisibles del cañón del Ciervo”, anunciada a través de los diversos medios de comunicación arquidiocesanos; la página Web, el periódico “Chicago Católico”, el programa radial “Una comunidad Católica de fe” y otros. El estreno se llevó a cabo en la parroquia San Basilio/Visitación, en el 843 al oeste del boulevard Garfield. El documental fue realista y abrumador. Su mensaje conocido y a la vez sorprendente.

La película comienza con el cántico “si yo no tengo amor” que comúnmente se canta en nuestras asambleas. Describe la vida de trabajadores inmigrantes que viven en casitas construidas de lona o de cartón en las entrañas del cañón del Ciervo, en California, y que trabajan con las compañías aledañas de industrias fruteras o de construcción o en los hogares u hoteles que requieren del cuidado de jardines o “en lo que aparezca”. Viven en condiciones infrahumanas para poder ahorrar el suficiente dinero que servirá para el mantenimiento de sus familias en México. Viven trabajando para mantener un mundo en el cual ellos no están incluidos, no están invitados, no son bienvenidos.

No hay agua potable, caminan desde sus chozas hasta la carretera para ser contratados y cocinan sus alimentos en hornillas de gas y en condiciones de países tercermundistas. Lo que hace diferente esta historia de la de aquellos indocumentados de grandes urbes como Chicago, es que su invisibilidad no es simplemente al sistema sino, inclusive, a la fisicalidad de su existencia. Ellos, para sobrevivir, tienen que desaparecer...

Desaparecen, no al sacrificio, ni al arduo trabajo ni a las inclemencias del tiempo ni a su compromiso con Dios. Desaparecen a la vista de casas millonarias, de agentes de policías y de vecinos intolerables que quizás los ocupen para sus necesidades y trabajos que no deseen desempeñar, pero que obstruyen la estética de sus residencias palaciales. Mientras la vista de los millonarios en el cañón es restaurada, se desplazan a los pobres empujándolos cada vez más hacia los márgenes de la geografía, hacia fuera de la vista.

Como muchos, estos inmigrantes son indocumentados, viven en temor. Viven con el temor a ser vistos y ser deportados, con el temor a las serpientes y ser envenenados, con el temor a enfermarse y no tener seguro médico... Trabajan y viven con temor. Como el pueblo judío en busca de la tierra prometida, se tienen que mover. Estos indocumentados encuentran en varias ocasiones que su “cartón”, su improvisada residencia, ha sido arrasada, sus pertenencias personales vandalizadas y sus sueños momentáneamente truncados. Se tienen que mover, más adentro, más escondidos, más invisibles.

La pregunta que nos podemos hacer es ¿Qué los mantiene aquí? ¿Qué les da fuerza para volver a construir, para seguir adelante? ¿Por qué arriesgaron sus vidas en pasar la frontera y en vivir en condiciones inhumanas? No tienen recursos, no tienen documentos, no tienen dignidad, no tienen voz... ¡Sólo tiene a Dios! He aquí la respuesta.

Lo primero que hacen todos los días es encomendarse a Dios. De camino a su trabajo rezan, rezan y rezan. Sienten y declaran que Dios anda con ellos. Meditan profundamente en el salmo 23, “El Señor es mi Pastor, nada me falta.” Ven su fe como el vehículo que los llevará a su objetivo. Marcan sus vidas con la realidad de la familia y de la fe. Ambas van de la mano hacia el horizonte amoroso y creativo del seno donde salimos que es Dios. En ocasiones construyen capillitas entre los árboles cuyas copas forman bóvedas verdes de sombra, de oración y de vida. Construyen su altar rodeándolo de veladoras y colocan las imágenes de Cristo y de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, para que los guarde. En sus declaraciones reflejan una teología de acompañamiento donde Dios camina con ellos; “Dios está con nosotros. Dios anda con nosotros”. Entienden el sufrimiento como algo real y a la misma vez temporal; “... mientras sufra aquí”. Acostumbrados a la lucha, saben donde está su tesoro, en el bienestar de la familia y en su fe. Acostumbrados a la lucha, mientras más los obligan a movilizarse “más pa’ dentro”, también más se movilizan hacia su interior, hacia la fuerza espiritual, hacia su intimad con Dios.

Adaptables y flexibles, a través de todo el cañón, ellos van dejando su marca. Hacen capillitas, colocan sus iniciales, nombres y símbolos religiosos en las cortezas de los árboles, dejan artefactos de la presencia humana por toda el área. Es como una mera indirecta de decir “presente” o “estamos aquí”. Ellos se convierten en el cañón y el cañón se convierte en ellos.

Hermanas y hermanos, a imitación de nuestros mexicanos invisibles embarquémonos a un viaje hacia dentro, hacia donde el espíritu se encuentra con lo divino, hacia donde todos tenemos voz, dignidad y podemos ser vistos, reconocidos y celebrados. ¡La lucha continúa! Seamos pues las voces de los que no tienen voz y las caras de los invisibles marchando, informando, trabajando en todas las esferas humanas; política, religiosa, sociales y económicas. Recordando que cuando hacemos algo por el hermano, lo hacemos por Cristo mismo.