Con las armas de la fe,
haciendo el trabajo de Dios
La iglesia contra la violencia. Llegó el verano y crece la preocupación de párrocos, feligreses y miembros de la comunidad respecto a un posible incremento de la actividad de las pandillas, ¿Qué hacer?
Oran, recogen armas, hablan a padres de familias, con pandilleros, dan misas al aire libre y algunos salen a pedir paz a las mismas calles del barrio a veces convertido en una“zona de guerra” de pandillas rivales.
Armados con la palabra de Dios y poniendo en práctica iniciativas diversas, sacerdotes y líderes religiosos buscan detener la violencia y el derramamiento de sangre que enluta a diferentes barrios de la ciudad.
Y cada vez que viene el verano, cuando según las cifras de homicidios de la Policía de Chicago, se “calientan” los vecindarios con más tiroteos y muertes, suena la alarma de párrocos, feligreses y miembros de la comunidad que año tras año sufren del flagelo de las pandillas.
Matt Foley, párroco de la iglesia Santa Inés de Bohemia, califica de crisis espiritual, la tragedia que ocasionan las pandillas en La Villita y otros barrios de la ciudad por el control de sus territorios para la venta de drogas.
Foley, en cuya iglesia en los últimos siete años se han velado 25 víctimas de pandillas, la mayoría de ellos adolescentes, pone todas las municiones de su fe para persuadir a jóvenes a salirse de las pandillas o proteger a los menores de edad mediante lo que denomina una intervención temprana.
“Es mejor trabajar con los jóvenes desde pequeño que cuando son adolescentes y ya han sido reclutados por las pandillas”, dice Foley.
Una de las estrategias de Foley y otros líderes religiosos, como los padres Brendan Curran y Bruce Wellems, de las iglesias de San Pío y Holy Cross, respectivamente, es abrirles las puertas del templo a pandilleros, intentar acercarse a ellos y hallar la forma de reincorporarlos a la vida normal. “Lo invitamos a todos a nuestra iglesia para que conozcan al Cristo Rey y puedan reorientar su camino hacia una nueva vida”, dijo Foley. Pero las iniciativas van más allá del umbral del templo. En Santa Inés de Bohemia, por ejemplo, los jóvenes del barrio tienen la posibilidad de participar en eventos deportivos y la iglesia junto con algunas otras del barrio se ha enfrascado varias veces en un programa de recogida anónima de armas.
En San Pío Brendan creó el Grupo Reflexión, que sale al rescate de jóvenes que han estado en pandillas, son susceptibles a ser reclutados o quieren escapar de la trampa que para muchos representan pertenecer a la organización delictiva.
Por otro lado, el reverendo Michael Sullivan, párroco de la iglesia Santa Clara de Montefalco, trabaja con un Grupo de evangelizadores que cada año, de mayo a octubre, salen una noche por semana en peregrinación por las a veces peligrosas calles en torno a su iglesia, en el suroeste de la ciudad. Con antídoto antipandilla, Sullivan ofrece misas al aire libre a las que habla del tema y a la que asisten cientos de vecinos. “El enfoque es la eucaristía, la adoración. Es algo espiritual. Con nuestra oración estamos invitando a las pandillas a que se unan al grupo de Jesús”, afirmó.
Apoyo de la Arquidiócesis
El asunto de las pandillas y el impacto negativo en la comunidad es algo que inquieta sobremanera a la iglesia que ofrece recursos humanos y monetarios para revertir el actual horizonte. Según Elena Segura, directora de la oficina de Justicia Social de la Arquidiócesis de Chicago el propio cardenal Francis George ha estado preocupado por este fenómeno.
“Lo que estamos haciendo es luchar por la vida, por una cuestión de dignidad de las personas, que vivan en un ambiente tranquilo y saludable”, dijo. La iglesia trabaja en este punto mediante la Campaña Católica de Desarrollo Humano, que es el programa oficial de Justicia social de la conferencia católica. “ A través de esta campaña donamos dinero a organizaciones que trabajan en la comunidad, como es el caso de Southwest Organizing Project (SWOP), Northwest Neighborhood Federation y Ceasefire”, dijo Segura. Maria Magdalena Perales, organizadora de SWOP en el suroeste de la ciudad, asegura que la donacion de la iglesia es clave para el trabajo que realizan en la comunidad para contener la violencia. Según Perales, entre los beneficiados de los recursos dados a SWOP se encuentra un grupo de Ceasefire (Cese al fuego) que se dedica a interceder directamente con los miembros de pandillas.
La familia, la clave
Hay un punto coincidente en los entrevistados por Chicago Católico sobre el tema: el papel de la familia es clave en este problema.
Al menos ese es el criterio de Oscar Contreras, quien en su juventud fue un pandillero en Los Angeles y desde hace mucho trabaja tanto por rescatar a los jóvenes de las pandillas en Chicago, que en su oficina del sur de la ciudad exhibe con orgullo diplomas de reconocimiento del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
“Muchos decimos queremos que Dios nos ayude. Pero debemos preguntarnos que hacemos nosotros para ayudar a Dios”, dijo Oscar Contreras, director del programa comunitario de Caridades Católicas, un cuerpo de la Arquidiócesis de Chicago.
Trabajando de cerca con el padre Bruce Wellems, sin ninguna relación con la Policia, Contreras y su pequeño equipo de trabajo salen a las calles a persuadir a miembros pandillas y ayudarlos a reinsertarse en una vida sana.
Convencido de que “debemos cambiar la mente de los papás de esos muchachos”, Contreras se ofrece para dar clases a trabajadores con hijos en pandillas o en edad de riesgo de pertenecer a ellas.
“Necesitamos fortalecer la estructura familiar. Muchos de estos jóvenes ni siquiera tienen respeto por sus padres,”, indicó.
De acuerdo con la experiencia de Brendan, no pocos jóvenes metidos en pandillas han enfrentado una crisis en su familia, particularmente de violencia familiar.
“Cuando le preguntas por qué, hablan de que la familia les quito el hogar, o que mis padres me maltrataban, no me querían. Los padres deben hablar más con sus hijos, saber sus inquietudes”, sugirió.
Frente a un reto colosal
Contreras cree que la iglesia puede hacer más, especialmente si todos los sacerdotes en vecindarios con problemas siguen el ejemplo de Wellems, Brendan, Sullivan, Foley y muchos otros no mencionados en este artículo.“La Iglesia necesita abrir más las puertas. Ir a ellos, no esperar a que ellos vengan a nosotros”, apuntó. Para Brendan las parroquias tienen que crear recursos para enfrentar con mayor seriedad el problema.
“Es duro, es un reto para la iglesia, porque muchos de nosotros no estamos preparados para luchar contra este fenómeno y a veces, por ignorancia, cerramos las puertas”, apuntó. También se hace difícil esta lucha por las características y sofisticación de las bandas criminales.
“Son expertos, dijo Brenda. Saben cómo reclutar. Funcionan como un sistema y cuando algún muchacho se quiere ir, lo amenazan a él o a su familia”, advirtió Brendan, a quien todavía le duele muertes inocentes a manos de pandillas, como el asesinato en Pilsen, hace algunos años, de la niña Ana Mateo, víctima de una bala pérdida.
“No puede cortarse la conversación con los hijos. Decirles que pueden hacer mucho con su vida, que no dejen que otros decidan por ellos, que siempre hay un camino mejor. El camino de Cristo”, afirmó.
Brendan es de los que piensan que la lucha contra la violencia en los barrios no es sólo de la iglesia, los padres, los jóvenes, la policía y las organizaciones vecinales, sino de la comunidad en su conjunto.
Para Foley es un absurdo que algunos pandilleros aseguren que son devotos de Cristo por un lado, mientras dejan una estela de sangre y violencia por otro. Y lanzó un mensaje para los que insisten en la violencia.
“Si aman a Cristo no pueden ser miembro de una organización que permite matar. Eso esta en contra de los Mandamientos. Dios dice ‘recen por sus enemigos’. Ellos lo que hacen es matar”, afirmó. Contreras parece convencido de que muchos “gangueros” sin pueden ser rescatados, como lo demostró su propia vida y otros ex miembros de pandillas que hoy forman parte de su equipo de trabajo.“Porque seas pandilleros, no quiere decir que no eres hijo de Dios. Él no dividió a las personas entre “gangueros” y buena gente. Ningún niño nació para ser pandillero”, afirmó este padre de familia, quien dijo sentir admiración por los esfuerzos del Cardenal en enfrentar el problema. Para Contreras, quien a veces asume un papel casi paternal con miembros de pandillas al extremo de organizar un viaje de campismo con dos grupos de organizaciones rivales, basta salvar una sola vida para asegurar que su trabajo tiene sentido. “Yo estoy haciendo el trabajo de Dios, no de Oscar. Yo no puedo cambiar a nadie, pero sí les doy las herramientas para que cambien”, concluyó.


