Catolico: Periódico oficial en Español de la Arquidiócesis de Chicago

¡Santísima Trinidad, un solo Dios…
Ten piedad de nosotros!

Padre Claudio Díaz Jr.

Director Oficina para Católicos Hispanos

Por lo general entendemos que un misterio es un concepto que nunca podremos conocer o descifrar. Es algo cuyo mecanismo no puede ser totalmente entendido o comprendido. Un misterio puede ser aquello con lo cual luchamos para poder definir. Es la misma situación de un poeta que, en un afán de trasmitir un mensaje, en particular a través de su poesía, sufre mucho por encontrar “la metáfora perfecta”.

En el mes de junio celebramos algo que en ocasiones resulta un misterio al entendimiento humano. El domingo 2 de junio celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Una de las primeras causas en la convocación de concilios en los primeros quinientos años de la iglesia era la dispersión de herejías (ideas erróneas sobre la fe católica) y la clarificación o aserción de dogmas católicos. Ciertamente el misterio de la Santísima Trinidad fue uno de los primeros en ser discutido y establecido como dogma de la iglesia. Es parte de la fundación de nuestra identidad. Creemos en un solo Dios, tres divinas personas, cada una de ellas distinguidas, únicas y profundamente unidas. No nos referimos a tres cabezas o a tres dioses... Estamos hablando de un solo Dios formado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, resultando en una Trinidad Divina, en la mayor y única perfección unitiva. Esto lo llamamos un misterio porque resulta un reto el entender con términos humanos un concepto divino. Nuestra humanidad, aunque tenga avanzados conocimientos en filosofía, teología, semántica y demás, todavía lucha, hasta cierto sentido, con el concepto en un afán de darle profundidad, entendimiento.

Deseo darle un significado a la definición genérica del concepto misterio. Un misterio puede ser visto como algo cuyo significado no pueda ser totalmente definido o totalmente articulado. O sea, que cuando ya sentimos que lo tenemos figurado se desdobla sorprendiéndonos con un ángulo diferente, con una realidad o conocimiento nuevo del misterio mismo.

No podemos en su totalidad definir lo que la Santísima Trinidad significa porque en el momento en que definimos algo, en el momento en que “le damos nombre a algo” lo podemos controlar. Cuando se controla algo nos convertimos en dios porque tenemos la llave de todo conocimiento. Me remito al caso de Adán y Eva en génesis 3, 1-7.

No podemos controlar la Santísima Trinidad. Nuestro Dios es todopoderoso, omnipresente, omnisciente, todo justicia y todo amor. Es precisamente este último elemento lo que nos permite quizás el no entenderlo, pero sí el reconocerlo y sentirlo. Es el amor, el vehículo que nos permite tener un encuentro, una experiencia de Dios en sus tres manifestaciones como Creador (Padre), como Redentor (Hijo) y como Santificador (Espíritu Santo).

Aquí, la presencia y experiencia de Dios en nuestras vidas nos lleva a una respuesta. Una repuesta que es de naturaleza relacional. De la misma manera en que la Santísima Trinidad esta basada en una relación perfecta, nuestra contestación ante tal misterio es también basada en una relación con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo.

Compartimos con Dios Padre la capacidad de procreación cuando estamos abiertos a la posibilidad de tener hijos. Pero esta no es la única forma de dar vida. Cuando damos el don de acompañamiento espiritual, moral entre otros, estamos generando vida. Cuando compartimos nuestros dones generosamente damos vida. Cuando regamos nuestra semilla en hacer obras de misericordia (pan al hambriento, visita a los presos, asistir al enfermo) damos vida y podemos identificarnos con Dios nuestro Padre. Nos convertimos en cocreadores.

Dios es nuestro redentor en su hijo Jesucristo, quien a través de su vida, pasión, muerte y resurrección reconcilió al mundo consigo mismo. Como cristianos estamos llamados a ser sus discípulos y en esa manera a cooperar con al salvación del mundo. Nuestro deber es el anunciar la buena nueva. Es hacer todo lo posible por la salvación de la humanidad como denunciar la injusticia, traer luz a otros, la corrección fraterna, la defensa de los indefenso y darles voz a los que no la tienen. Así nos convertimos en agentes secundarios del amor de Dios en el plan de salvación para la humanidad.

Vivir en el espíritu implica ser luz para todos y traer paz. Es precisamente el Espíritu Santo el que nos permite tener sabiduría en momentos de inseguridad o indecisión, el tener paz en momentos de caos y avanzar con certeza en un mundo lleno de pesimismo, pragmatismo e incertidumbre. El que vive la vida del Espíritu se mueve haciendo la obra de Dios como debe de ser y no como queremos que sea. Contribuimos con la sanación del mundo si vivimos en el Espíritu.

Si vivimos en una relación intencional y personal con Dios, lo podemos sentir en nuestras vidas convirtiéndonos en promotores de creación, salvación y sanación. Al leer la Biblia, recibir los sacramentos, desarrollar nuestra vida de oración, desarrollar nuestro entendimiento asistiendo a talleres, retiros, encuentros y demás, nos convertimos en tabernáculos de todo lo que es bueno, hermoso y verdadero; tabernáculos de la Santísima Trinidad. Para que nos convirtamos en esos instrumentos, oremos incesantemente.

Gloria al Padre, Gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.”