Noviembre 2006
¿Qué hace a un santo?
Conforme nos acercamos a la Festividad de Todos los Santos el 1º de noviembre, recordamos que lo que hace a un santo es la gracia de Dios. Sin embargo, el 15 de octubre estuve en la Plaza de San Pedro, en Roma en una ceremonia en la que el Papa Benedicto XVI "hizo" santos, del calendario de la Iglesia, a cuatro hombres y mujeres piadosos. Ellos habían cooperado con la gracia de Dios y con su deseo de que vivamos de manera íntima con Él en esta vida y en la siguiente. La Iglesia reconoció esa vida de unión con Dios en la ceremonia de canonización que tuvo lugar hace dos semanas.
Estuve en Roma para la ceremonia principal primordialmente porque una de los canonizados fue la Madre Theodore Guerin, fundadora de las Hermanas de la Providencia en St. Mary of the Woods, en Indiana. También estuvieron presentes los obispos del estado de Indiana y todos concelebramos la Misa de canonización junto con el Papa. Las Hermanas de la Providencia han tenido una larga historia en la Arquidiócesis de Chicago, primordialmente en el ministerio de la educación y en menor grado en otros ministerios.
La Madre Guerin se unió a las Hermanas de la Providencia en su natal Francia. Enseñó y cuidó a personas enfermas durante muchos años, habiendo sido preparada para este ministerio cuando tuvo que cuidar de su propia familia después que su padre fuera asesinado cuando ella contaba con quince años de edad, pues su madre era incapaz de llevar por sí misma las cargas que implicaban la crianza de su familia. Quizá debido a las dificultades de su vida, desarrolló un agudo sentido de la permanente providencia de Dios en los asuntos humanos. Cuando fue enviada a iniciar una nueva fundación de su congregación religiosa en lo que entonces era la tierra indómita de Indiana confió en la Divina Providencia. En muchos sentidos era un lugar hostil, donde las hermanas con frecuencia pasaron no sólo frío y hambre sino también menosprecio de los estadounidenses a quienes se les había dicho que los conventos católicos eran caldo de cultivo de inmoralidades.
Conforme disminuyó su estado de salud, su fuerza espiritual, por la gracia de Dios, se fortaleció. Se hizo superiora aquí de la recién fundada Congregación de las Hermanas de la Providencia y fundó conventos y escuelas en Indiana e Illinois. La Madre Guerin vivió de 1789 a 1856. Supo cuáles eran sus debilidades pero siempre confió en Dios: “¡Cuánta fortaleza obtiene el alma de las oraciones! En medio de una tormenta, cuán dulce es la calma que se encuentra en el corazón de Jesús".
La confianza en Dios en momentos de debilidad y grandes dificultades caracterizó las vidas de los otros tres santos canonizados. El Obispo Rafael Guizar Valencia (1878-1938) sobrevivió las persecuciones de la Iglesia en su natal México. Nacido en el estado de Michoacán, donde muchos de los mexicano-estadounidenses de Chicago tienen sus raíces familiares, Guizar fue ordenado sacerdote en 1901. Durante los años de persecución, se disfrazó de vendedor ambulante, músico y doctor de medicina homeopática. Estas caracterizaciones le permitieron continuar ministrando, especialmente a los enfermos, y administrando los sacramentos a los moribundos. Perseguido por el gobierno anticlerical mexicano, escapó primero a los Estados Unidos y luego a Cuba. En 1919, fue nombrado obispo de Veracruz pero pasó los primeros nueve años de su episcopado en el exilio o huyendo por su vida durante sus breves visitas a su diócesis. En un momento, ofreció entregarse a sus perseguidores si éstos prometían dar a su pueblo libertad de culto. Su pueblo confió en él y reconoció la fortaleza de la gracia de Dios en su vida. Cuando en la Arquidiócesis miramos con admiración la profunda fe de muchos hispanos católicos debemos aprender a ver más allá y buscar detrás de ellos el ejemplo y ministerio del obispo Rafal Guizar.
El padre Filippo Smaldone (1848-1923) fue un sacerdote diocesano italiano cuya vida se caracterizó por una inmensa caridad y cuya preocupación especial estuvo en sus prójimos sordos y mudos. En Chicago, nuestro ministerio dedicado a las personas que no pueden escuchar o hablar es fuerte gracias a la caridad pastoral y dedicación del Padre Joseph Mulcrone. Durante la Misa de canonización, pensé en él con gratitud y en aquellos que ministran con él.
La cuarta persona declarada santa fue Rosa Venerini (1656-1728), una joven mujer italiana que dedicó su vida a la educación cultural, moral y espiritual de las niñas de su época; abrió la primera escuela pública para niñas en Italia y fundó una congregación apostólica religiosa de "Maestras Piadosas", en un tiempo en el que las mujeres religiosas eran casi todas parte de órdenes enclaustradas. “Educar para salvar” fue su lema, el cual podría bien servir como lema de nuestras escuelas católicas aquí en la arquidiócesis.
Encontramos la salvación al rendir nuestra voluntad a Dios. Confiando en Su providencia más que en nuestros propios deseos, planes y diseños, viajamos por el camino a la santidad en un sendero que no hemos elegido; y ese es precisamente el punto. Si queremos ser santos, tenemos que orar diariamente por el don de la santidad y después vivir día con día en cooperación con la gracia de Dios. En el centro de una vida de santidad se encuentra la auto-rendición. Al comienzo de su homilía durante la Misa de canonización, el Papa Benedicto XVI reflexionó sobre el relato que se encuentra en el Evangelio del joven hombre rico que rehusó seguir a Cristo porque fue incapaz de obligarse a vender todo lo que tenía y dar su dinero a los pobres. El Papa explicó que “un santo es aquel hombre o mujer quien, respondiendo con gozo y generosidad al llamado de Cristo, deja todo para seguirlo”. Eso es extremadamente difícil porque cada uno de nosotros quiere aferrarse a algo como si fuera propio, haciendo imposible para Dios devolvérnoslo como un don en lugar de una posesión que hemos acumulado para nosotros mismos.
Durante la semana posterior a la canonización, el presidente de la Conferencia de Obispos de EE.UU., el Obispo William Skylstad y yo visitamos a los directores de muchos de los departamentos en el Vaticano e incluso hablamos con el Papa. La diversidad y universalidad de la Iglesia es siempre evidente en estas conversaciones. Pero el corazón de la Iglesia se hizo visible durante la ceremonia de canonización; cada uno de nosotros es llamado a ser parte de ese corazón, sin importar nuestro destino en la vida.
Durante el mes de noviembre, cuando oremos por aquellos que se han ido antes que nosotros en fe, pidamos también los unos por los otros en la comunidad de fe, porque Dios nos haga santos.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago