Octubre 2006
Curando las heridas de la Iglesia
La convalecencia, como la mayoría de ustedes sabe por experiencia propia, es un período de altas y bajas. Hay días en los que uno se siente totalmente recuperado y otros en que apenas se tiene energía para estar conciente. Como me dicen los doctores y otras personas, cualquier persona después de un trauma importante, como una operación de cáncer, tiene que permitir al cuerpo curarse a su propio ritmo. Durante estos días que he estado en recuperación he pensado en lo profundamente agradecido que estoy a las muchas personas que han estado orando por mí. Conforme he ido recuperando mi fortaleza, he podido orar por todos ellos con mayor frecuencia y de manera más consistente a la que lo había podido hacer en el pasado inmediato. Cristo alivia, pero nos pide que lo pidamos.
Junto con San Pablo, nosotros llamamos a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Este Cuerpo de Cristo, a través de las épocas, ha recibido muchas heridas, algunas de ellas, auto-infligidas. Las heridas más profundas son aquellas que de manera visible dividen a los discípulos de Jesucristo. El proceso de curación se llama ecumenismo. Avanza a un ritmo que no depende totalmente de nosotros, aún cuando tenemos que estar dispuestos a cooperar con el trabajo del Espíritu Santo, el alma de la Iglesia y lo principal de su unidad.
Escribo acerca del ecumenismo en esta columna porque recientemente la Iglesia perdió a uno de sus principales ecumenistas, quien ayudó a crear las estructuras que permiten hoy a los católicos, entrar en un diálogo ecuménico contemporáneo de manera oficial. El Cardenal John Wilebrands murió en Holanda hace poco más de un mes. Tenía 96 años de edad. Antes de la realización del Concilio Vaticano II, reunió a pastores y a académicos para discutir la unidad de la Iglesia de manera informal y extra-oficial. Durante el Concilio, fungió como secretario de la comisión de ecumenismo, establecida por el Papa Juan XXIII para ayudar a los observadores ortodoxos y protestantes que habían asistido al Concilio a contribuir durante las discusiones que tuvieron los Padres del Concilio. Willebrands ayudó a esbozar el decreto del Concilio sobre Ecumenismo y contribuyó también a la Declaración de Libertad Religiosa, la Declaración sobre la relación de la Iglesia con religiones no cristianas y la Constitución de la Divina Revelación. Después del Concilio, Willebrands fue ordenado obispo y eventualmente se convirtió, en la Curia Romana, en presidente del Concilio Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana. Su vida estuvo dedicada a curar las heridas infligidas en el Cuerpo de Cristo por la visible desunión de los que han sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Gracias a la dedicación y al enorme esfuerzo del Cardenal Willbrands, la Iglesia tiene un directorio sobre Ecumenismo, un tipo de guía sobre cómo curar nuestras heridas. Él estableció muchos de los diálogos teológicos bilaterales con las principales denominaciones cristianas. Estableció también una relación católica con el Consejo Mundial de Iglesias la cual no es una membresía pero permite la cooperación con varios programas del Consejo Mundial. Alentó a las diferentes conferencias de obispos de todo el mundo a crear sus propios comités ecuménicos.
Además de la búsqueda de alivio para el Cuerpo de Cristo, el Cardenal Willebrands y el Concilio Pontificio para la Unidad Cristiana respondieron también al llamado de nuestros ancestros de fe para entablar en un diálogo judeo-cristiano. La Comisión para las Relaciones Religiosas con el judaísmo fue creada en 1974 y fue ligada a la Comisión para la Unidad Cristiana en lugar de la oficina para el diálogo con otras religiones. Dicha decisión administrativa refleja la relación única que existe entre los pueblos en alianza con el Señor. El diálogo judeo-cristiano abrió la puerta para gestos y palabras significativos del Papa Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI. Aquí en Chicago hemos sido bendecidos con relaciones cada vez más fuertes entre la comunidad judía y la Iglesia católica.
Aún cuando la unidad con otros cristianos sigue siendo una meta por alcanzar, la muerte del Cardenal Willebrands nos recuerda que debemos continuar avanzando en el camino que él ayudó a abrir para la Iglesia. Pareciera que estos días la reconciliación ecuménica avanza más lento; por lo tanto resulta mucho más importante recordar un tiempo de esperanza y expectación, un tiempo para orar por la curación y el alivio que Cristo quiere para su pueblo. El domingo 17 de septiembre, la misa de las 12:30 p.m. en la Catedral del Santo Nombre será conmemorativa en honor del Cardenal John Willebrands. He pedido al Obispo Basil Meeking, quien sirvió durante dieciocho años en el Concilio Pontificio para Promover la Unidad Cristiana y quien conoció bien al Cardenal Willebrands, que sea el principal celebrante y predicador. Invito a todos los que han contribuido de manera local al diálogo ecuménico a participar en esta Eucaristía dominical. Yo también espero estar presente, pero eso depende de mi propio ritmo de convalecencia.
Finalmente, quiero decirles que estoy escribiendo esto el día 11 de septiembre, cinco años después de que nuestra nación recibió heridas que no se han aliviado, heridas infligidas por terroristas que utilizaron aviones de pasajeros como armas de destrucción en Nueva York, Washington y Pensilvania. ¿Cómo entender a las personas que cometieron el asesinato de varios miles de personas inocentes y que estaban convencidas de que dicho acto hizo avanzar su causa? ¿Cómo responder de manera efectiva y unida? ¿cómo protegernos ahora y en el futuro? Todas estas siguen siendo preguntas para las cuales no tenemos respuestas satisfactorias. Sin embargo al recordar, no sólo a los muertos, sino los meses posteriores al ataque en los que parecía que las personas tomaban más tiempo el uno para el otro, cuando los proyectos personales ocupaban un segundo lugar comparado con la compasión, cuando nos auxiliamos el uno al otro en medio de una tragedia compartida, nos damos cuenta que todas ellas siguen siendo maneras que nos dan el valor necesario para seguir adelante.
En medio de todas nuestras heridas, físicas y psicológicas, espirituales y políticas, oremos por el valor para seguir adelante. Que Dios los bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago