Abril 2007
De una patria a otra
Durante la temporada de Cuaresma,
todos los elementos de la misa y las
oraciones diarias de la iglesia se
diseñan para recordarnos que no tenemos
aquí ninguna ciudad duradera, que nuestra
verdadera patria es el cielo. La disciplina
de la Cuaresma nos demuestra cómo vivir
ahora en compañía de Dios y cómo encontrar
en él nuestro verdadero hogar. Vivimos
aquí con la creencia de que somos todos
inmigrantes que esperan alcanzar el cielo.
El asunto de la inmigración es a menudo
un tema explosivo, pero quizá ponerlo dentro
del contexto del viaje espiritual que
cada uno de nosotros emprende durante la
Cuaresma pueda ayudarnos a todos a ver a
los inmigrantes con los ojos de la fe. Lo que
impide que algunos ciudadanos de los
Estados Unidos vean a los inmigrantes con
ojos benévolos, es el hecho de que muchos
inmigrantes están aquí sin los documentos
de una entrada legal a los Estados Unidos.
La simple fuerza que genera el número de
inmigrantes anima a comparar su presencia
con una invasión, una presencia ilegal
de extranjeros en nuestro suelo.
Sin embargo, sin minimizar estos
hechos, existen otros factores ante las
leyes civiles, además del estado migratorio,
que se tienen que considerar cuando se
vea a los extranjeros y se examine la problemática
de la inmigración con los ojos de
la fe. La fe considera a las personas primero
que nada como hijos de Dios y merecedores
de respecto, porque están hechos a
su imagen y semejanza. Esto aplica tanto a
los criminales como a los astronautas,
tanto a los que sufren una enfermedad
mortal, como para los jugadores de hockey,
a los pobres como a las estrellas de
cine.
Ambos grupos, los que afirman que
todos los inmigrantes ilegales deben ser
expulsados inmediatamente y los que
dicen que los necesitamos tanto como
ellos a nosotros, parecerían estar de acuerdo
en que el control de nuestras fronteras
es inadecuado. El tráfico de seres humanos
y el peligro de sufrir una traición y la
muerte en la frontera hacen necesario que
nuestras fronteras estén mejor protegidas.
Sin embargo, por sí mismo, el control de
la frontera no responde a la pregunta de
cómo ver y tratar a esos trabajadores ilegales
que ya están aquí, muchos de ellos por
décadas.
Durante varios años, los obispos de los
E.U. han estado viendo y escuchando a los
11 millones de inmigrantes ilegales en
nuestro país y han estado pidiendo una
reforma integral de la política de inmigración.
Una política reformada debería
incluir la atención de las causas que originan
la migración de un país a otro. A menudo
estas causas son económicas, pero en
ocasiones son razones políticas o familiares.
La nueva política proporcionaría, a través
de un programa de legalización merecida,
una ruta hacia la ciudadanía para los
trabajadores indocumentados y sus familias.
Crearía también un programa temporal
de trabajo, con la correspondiente protección
de derechos de los trabajadores
estadounidenses y extranjeros. Animaría la
reunificación de familias y reduciría el
miedo de la separación que ahora persigue
a tantos hogares. Finalmente, una política
reformada garantizaría protecciones al
proceso debido de todos en este país, sean
ciudadanos o no.
Los elementos del programa para la
reforma de la política migratoria pueden
encontrarse en muchos proyectos de ley
que han pasado ante el congreso en los últimos
dos años. Partes de este programa han
sido promovidas por el presidente y otros
líderes políticos, pero hasta ahora se ha
logrado muy poco. Parece que ninguno de
los dos partidos políticos considera la resolución
de este dilema humano como una
prioridad.
A nivel pastoral, muchos sacerdotes han
acompañado a aquellos que forman parte
de nuestras parroquias, independientemente
de si son indocumentados
o no. Los
sacerdotes deben siempre
atender a las personas
que tienen enfrente
y preocuparse por sus
necesidades. Esto es,
en primer lugar, una
cuestión del respecto
debido a cada ser humano. Es también un
reconocimiento de que, cuando la Biblia
habla de justicia, no habla, en primer lugar,
de legalidad o igualdad; habla de la relación,
primero con Dios y luego con todos
aquellos a quienes Dios ama. La justicia de
las escrituras es una cuestión de la relación
correcta.
“Sacerdotes por la justicia” es un grupo
de sacerdotes de la archidiócesis que ha
tomado el programa de los obispos de
Estados Unidos para una reforma integral
de la política migratoria, e insertado en él
las necesidades concretas de los inmigrantes
que residen aquí. Desde el verano pasado,
he intentado seguir su trabajo y responder
a él. Les estoy profundamente agradecido
por caminar con su gente y abogar por
sus necesidades morales y humanas. Ellos
están preocupados en establecer las relaciones
correctas entre todos nosotros.
Existen muchos aspectos de la problemática
migratoria, muchos problemas sin
resolver, muchas demandas que complican
una resolución aceptable a todos. Sin
embargo, detrás de todas las complicaciones
y dificultades, hay millones de personas
a quienes debemos ver con los ojos de
la fe. La fe nos permite vernos y ver a otros
en la manera en que Dios nos ve y los ve a
ellos. Vernos desde el punto de vista de
Dios nos conduce a la gratitud por su misericordia;
ver a otros desde el punto de vista
de Dios nos permite ser misericordiosos
con ellos. Ver a cada uno como hijo de Dios
nos permite reconocer a nuestros hermanos
y hermanas. Con esa visión, debemos
intentar dilucidar nuestras ideas y nuestra
conciencia sobre los inmigrantes y sobre la
reforma migratoria.
A medio camino de nuestra jornada cuaresmal,
pido a Dios por que tengamos una
mayor conciencia de donde está nuestro
verdadero hogar y de quiénes son nuestros
compañeros en ese camino. Que Dios los
bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago