La travesía de la Cuaresma: Expresiones de discipulado
Durante la Cuaresma aprendemos de nueva cuenta a seguir a Jesús. Es una travesía que tiene lugar tanto en nuestro interior como en nuestro exterior, en nuestras almas y en nuestras acciones.
1 Las 24 horas de Gracia son parte de la Misión Chicago, la cual consistía en que las parroquias de cada uno de los vicariatos tuvieran disponible para los feligreses el sacramento de la penitencia o la reconciliación, durante 24 horas seguidas. Durante esta jornada
escuché confesiones por varias horas en una de las parroquias y me regocijé de nueva cuenta con la bondad y piedad que tiene Dios para todos nosotros, los pecadores. La Cuaresma comienza con un reconocimiento interior de la pecaminosidad propia y del consecuente deseo de recibir perdón. El pecado por sí mismo lleva a la desesperación, pero el pecado que es perdonado a través de la clemencia de Dios, lleva a la esperanza ahora y a la vida eterna, después. El asistir de manera regular a confesarse significa tomar en serio la vida moral, lo cual representa la primera condición para seguir a Jesús. Celebrar el sacramento de la penitencia significa escuchar el llamado de Cristo a la conversión desde las profundidades del corazón y el alma. Cuando las personas retornan al sacramento después de diez o veinte años obtienen, verdaderamente, la libertad de sus pecados y pueden entonces comenzar a avanzar en la gracia.
2 El trabajo interior de la gracia de Dios encuentra su expresión externa en el culto de la Iglesia y en actos de caridad y justicia. El Papa Benedicto nos ha recordado en su encíclica más reciente que la Iglesia, llamada a la unidad por el amor de Dios, adora, proclama la Palabra de Jesucristo al mundo y trabaja para propagar el amor del Señor. La Iglesia tiene muchas organizaciones y movimientos que expresan nuestro apego a las enseñanzas de Jesús al trabajar para ayudar a otros en su nombre. Cada diócesis tiene una agencia de Caridades Católicas y la que tenemos en Chicago es fuerte y ejemplar.
Sin embargo, una organización que algunas veces es pasada por alto cuando se habla de los trabajos caritativos que realiza la Iglesia es Los Caballeros de Colón. Esta organización, aún cuando fue fundada en los Estados Unidos para prestar ayuda a las familias inmigrantes, tiene presencia internacional. Apartir de ese comienzo y con un ímpetu aún necesario hoy en día para proteger y ayudar a los inmigrantes, los Caballeros han continuado auxiliando a personas en necesidad. Su ayuda representa la caridad del periodo cuaresmal organizada de manera efectiva. Los 71,500 Caballeros de Illinois ayudan a personas con discapacidad intelectual o de aprendizaje. Hacen donativos a las Olimpiadas Especiales y, este año, participaron en los esfuerzos de Auxilio para el Huracán Katrina, adoptando escuelas en los estados más devastados por el huracán. También apoyan de manera regular a los estudiantes universitarios de los Centros Newman ubicados dentro de las universidades. De la misma manera, patrocinan múltiples programas para los jóvenes. Los Caballeros apoyan los Centros de Crisis por Embarazo y ayudan a las mujeres que eligen no abortar a sus bebés. Abogan de muchas maneras por la protección de la vida en nuestra sociedad. Entablan amistad con seminaristas a quienes ayudan económicamente, además de orar por vocaciones al sacerdocio ordenado y motivar a los candidatos. Trabajan para construir casas para los pobres y recaudan fondos para muchos proyectos comunitarios y de la Iglesia. Son hombres de la Iglesia y de sus familias, discípulos de Jesucristo trabajando para que Su amor sea más visible en nuestra sociedad.
3 Menciono a los Caballeros de Colón porque dicha organización va a tener, este mes, una actividad para enlistar nuevos miembros y porque, al ser particularmente efectivos y merecedores de nuestro reconocimiento, son un caso que ejemplifica el trabajo de muchas asociaciones similares que mantienen vivo el discipulado en la Iglesia. El discipulado, al llevarnos al camino de la conversión, también genera fuertes lealtades. Esto es verdad no solo para los cristianos sino también para los miembros de otros credos. Algunas veces las reacciones que tienen creyentes comprometidos toman al mundo por sorpresa, especialmente a las sociedades más seculares como la nuestra.
Hace poco, un periódico de Dinamarca publicó algunos cartones que ridiculizaban a Mahoma. Los musulmanes de todo el mundo, para quienes Mahoma es el último profeta enviado por el Dios de Abraham para instruir al mundo sobre los caminos de Dios, reaccionaron con furia. La profundidad de su creencia y el papel, totalmente central, que juega en sus vidas no fueron entendidos por muchos en aquellas sociedades que han crecido acostumbradas a ridiculizar a la religión y a casi todo lo demás. Sin embargo, es seguro que debería haber un límite entre el comentario e incluso la crítica por un lado y la expresión de desprecio por el otro. Retratar al profeta Mahoma como un terrorista suicida cruzó ese límite. Sin embargo, las reacciones violentas también fueron demasiado lejos.
El 20 de febrero, el Papa Benedicto XVI dijo durante sus comentarios de bienvenida al Embajador de Marruecos a la Santa Sede: “Las religiones y sus símbolos deben ser respetados, pero la intolerancia y la violencia nunca puede justificarse como una respuesta a la ofensa, puesto que no son respuestas compatibles con los principios sagrados de la religión. El ridículo y el desprecio sostenidos por personas que influyen en la opinión pública puede crear una atmósfera para la violencia. San Pablo estableció la respuesta cristiana cuando escribió a los primeros cristianos en Corinto: “Si nos insultan, bendecimos; si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad”. (I Cor. 4, 12-13) El camino del discipulado no es un camino libre de escollos y espinas. Quien quiera que decida caminarlocon seriedad en su propósito encontrará resistencia interna de parte de sus hábitos de pecado y una oposición externa de aquellos que resienten la llamada de Cristo a la conversión.
Los auténticos discípulos de Jesucristo están intensamente identificados con él y con su Iglesia. “Recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, la Iglesia busca sin cesar la penitencia y la renovación”. (Vaticano II, Lumen gentium 8) Nuestra travesía de Cuaresma nos lleva a este camino de penitencia y renovación. La Cuaresma nos lleva a la Pascua y a esa fe que puede superar al mal y a que la verdad y el amor de Cristo prevalecerán. Continuemos juntos, unidos en oración. Que Dios los bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago