Marzo 2007
La Cuaresma y la purificación de nuestros deseos
La temporada de Cuaresma que inicia la
siguiente semana es una temporada de
penitencia para nuestros pecados y los pecados
del mundo. Nos prepara para celebrar
la Pascua con un renovado gozo y entusiasmo,
libres de pecados y de sus consecuencias
en nuestras vidas.
Algunas personas consideran al deseo
como algo pecaminoso. Esto significa que
los cristianos tendrían que ser estoicos y ser
totalmente indiferentes a las emociones. Por
el contrario, todos los santos nos muestran
que las personas que aman están llenas de
deseo. La carta del año pasado del Papa
Benedicto XVI, titulada "Dios es amor", sorprendió
a algunos al mostrar que el deseo
(eros) y el amor de la generosidad (agapé)
no se oponen de manera radical. Ambos
demandan un autosacrificio.
Este año, el mensaje cuaresmal del Papa
complementa su encíclica. Si nuestro amor
está lleno tanto de deseo como de generosidad,
lo mismo sucede con el amor de Dios.
El verdadero Dios, que es amor, no solo es
infinitamente generoso; también es deseoso.
Dios desea nuestro amor; desea nuestra salvación
y la felicidad eterna. El mensaje de
Cuaresma del Papa sigue esta introducción.
Meditemos este mensaje e iniciemos el
examen de conciencia que forma parte integral
de la observación cuaresmal. No se
nos dio la Cuaresma para suprimir nuestros
deseos sino para clasificarlos y purificarlos,
de manera que en la Pascua anhelemos
lo que Dios desea y amemos lo que
Dios ama. Que Dios los bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2007
¡Queridos hermanos y hermanas!
"Mirarán al que traspasaron" (Jn 19,37). Éste es el tema
bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La
Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer
con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a
Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para
toda la humanidad (cf. Jn 19,25). Por tanto, con una atención
más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de
penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo
en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de
Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado con detenimiento
el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales:
el agapé y el eros.
El amor de Dios: agapé y eros
El término agapé, que aparece muchas veces en el
Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca
exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en
cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y
anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos
envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el
hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo
que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto,
es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero
el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento
el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido
una predilección que trasciende toda motivación
humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con
imágenes audaces como la del amor de un hombre por una
mujer adúltera (cf. 3,1-3); Ezequiel, por su parte, hablando
de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene
miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. 16,1-
22). Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte
del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el "sí" de sus
criaturas como un joven esposo el de su esposa.
Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad,
seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al
amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es
imposible (cf. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán
se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió
en el primero de "los que, por temor a la muerte, estaban
de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2,15). Dios, sin
embargo, no se dio por vencido, es más, el "no" del hombre
fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su
amor en toda su fuerza redentora.
La Cruz revela la plenitud del amor de Dios
En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder
irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para
reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un
precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito. La muerte,
que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de
impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo
de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos
entonces afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo
"murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió
libremente" (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se manifiesta
el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es -como
expresa Pseudo-Dionisio Areopagita- esa fuerza "que
hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos
a los que aman" (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3,
712). ¿Qué mayor "eros loco" (N. Cabasilas, Vida en Cristo,
648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a nosotros
hasta tal punto que sufrió
las consecuencias de nuestros
delitos como si fueran
propias?
"Al que traspasaron"
Queridos hermanos y
hermanas, ¡miremos a
Cristo traspasado en la
Cruz! Él es la revelación
más impresionante del
amor de Dios, un amor en el
que eros y agapé, lejos de
contraponerse, se iluminan
mutuamente. En la Cruz
Dios mismo mendiga el
amor de su criatura: Él
tiene sed del amor de cada
uno de nosotros. El apóstol
Tomás reconoció a Jesús
como "Señor y Dios" cuando
puso la mano en la herida
de su costado. No es de
extrañar que, entre los santos,
muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la
expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se
podría incluso decir que la revelación del eros de Dios hacia
el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su
agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito
de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad
infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso
los sacrificios más duros. Jesús dijo: "Yo cuando sea elevado
de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32). La respuesta
que el Señor desea ardientemente de nosotros es
ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por
Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay
que corresponder a ese amor y luego comprometerse a
comunicarlo a los demás: Cristo "me atrae hacia sí" para
unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos con
su mismo amor.
Sangre y agua
"Mirarán al que traspasaron". ¡Miremos con confianza
el costado traspasado de Jesús, del que salió "sangre y
agua" (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron
estos elementos como símbolos de los sacramentos del
Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo,
gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad
del amor trinitario. En el camino cuaresmal,
haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a
salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado
abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan
Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del
amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el
misterio eucarístico: "La Eucaristía nos adentra en el acto
oblativo de Jesús. nos implicamos en la dinámica de su
entrega" (Enc. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la
Cuaresma como un tiempo 'eucarístico', en el que, aceptando
el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro
alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar
"al que traspasaron" nos llevará a abrir el corazón a los
demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del
ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra
toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la
persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono
de muchas personas. Que la Cuaresma sea para todos
los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios
que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte
cada día debemos "volver a dar" al prójimo, especialmente
al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar
plenamente de la alegría de la Pascua. Que María, la
Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal,
camino de auténtica conversión al amor de Cristo.
A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un
provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envío a
todos una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 21 de noviembre de 2006
Benedictus Pp. XVI
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