Enero 2007
Navidad:
Conociendo al que amas
El enorme crecimiento de la información
disponible a causa de la
explosión de las comunicaciones,
me provoca en ocasiones una sensación
de estarme ahogando en un mar de información.
En la actualidad podemos saber
tanto sobre tantas cosas: sobre nuestro
trabajo, sobre lo que sucede alrededor del
mundo, sobre los deportes, sobre la música
o el teatro, sobre la política o la vida
pública o sobre los resultados financieros
de las empresas a todos los niveles. Sin
embargo el montón de datos no siempre
conduce a un mayor entendimiento.
Todos buscamos marcos de interpretación
para organizar de manera más
coherente lo que sabemos. El amor es el
contexto en el cual llegamos a entender a
aquellos que conocemos de manera más
profunda porque hemos llegado a amarlos.
El conocimiento que está divorciado
del amor permanece humanamente
superficial, sin importar cuán complicado
o sofisticado pueda parecer un cuerpo
de conocimiento. El conocimiento sin el
amor puede darles una ilusión de superioridad,
de ilustración; pero el conocimiento
sin el amor nos deja vulnerables.
Cuando alguien o algo que amamos es
tergiversados, nos resulta doloroso.
La Navidad es una oportunidad para
llegar a conocer a Dios, quien nos ama, y
para aprender a amarlo como respuesta.
Cuando ese Dios a quien Jesús nos dice
que llamemos "Padre" es tergiversado,
nos resulta doloroso porque lo amamos.
Después del descrédito en que cayeron
las teorías ateístas con la caída del comunismo,
hoy en día un militante y agresivo
ateísmo muestra su rostro de nueva
cuenta. El contexto de su entendimiento
se limita a cierto tipo de cientificismo.
Los argumentos utilizados para mostrar
que Dios no existe porque él y su acción
no pueden ser cuantificadas de manera
científica podrían, por supuesto, ser utilizado
para desaprobar la existencia del
amor mismo. Ninguno de los hechos más
básicos de la vida humana puede conocerse
únicamente a través del método
científico.
La Navidad se enfoca en el nacimiento
de un niño que es tanto Dios como hombre.
Cuando Jesús es tergiversado,
duele porque lo amamos. Eruditos que
alguna vez fueron cristianos en ocasiones
enfocan su inteligencia para liberar a
Jesús, no sólo de los dogmas de la Iglesia,
sino también de las Escrituras y los
Evangelios. Contra cualquier intento de
poner una cuña entre un Jesús supuestamente
histórico y el humano-divino
Salvador a quien conocemos en la Iglesia
y a través de sus enseñanzas, la Navidad
nos responde contándonos la historia del
nacimiento de Jesús y, al mismo tiempo,
dándonos claves acerca de quién es él y
por qué viene. San Juan en su Evangelio
nos dice en términos sublimes y teológicos
lo que el relato amoroso e imaginativo
de San Lucas significa para el mundo
de todas las épocas.
Una noche, en una oscura esquina de
Belén, el eterno Hijo de Dios, la luminosidad
del esplendor de Dios y la expresión
de su mismo ser, nació como bebé:
humano, indefenso, pobre. Dios ha
expresado su Palabra más profunda y
hermosa en Jesús, una Palabra que no
puede ser derogada, una Palabra que
declara por siempre a cada ser humano:
"Te amo, amo tu mundo, amo a la familia
humana, a cada hombre, mujer y niño".
Esta verdad de cómo somos amados por
Dios da al drama de la historia humana
y a nuestra condición humana su significado
y sentido.
En Navidad, contamos la historia de
cómo Jesús es Dios con nosotros y aprendemos,
de nueva cuenta, a conocer donde
buscarlo, cómo reconocerlo y responder a
su amor. Vino y se mezcló en este mundo
así como es, contento de no ser más rico
de lo que somos nosotros. Su venida no
derribó la barrera de la burocracia de los
conquistadores romanos en la Palestina
de sus días. No conmovió el corazón del
malvado Rey Herodes, quien intentó
matarlo. Como cualquier niño, dependía
del amor de una madre, del cuidado de
un padre. No tenía riqueza excepto lo
que los extraños le dieron. Nació en un
pesebre e inmediatamente fue víctima
de la intriga del poder político, un refugiado
y un inmigrante.
Como sucedió en Belén, "cuando el
mundo no sabía quien era", su llegada
ahora también se oculta, excepto para los
ojos de la fe y los corazones llenos de
amor. Su vida está oculta en la Iglesia,
en las antiguas palabras de los
Evangelios, en los sagrados símbolos de
la Eucaristía y los sacramentos. La suya
es la presencia real y efectiva de Dios,
una presencia salvadora, protectora,
sanadora; una presencia de amor que no
puede ser contenida ni destruida.
Debido a que no se le puede ver ni amar
excepto a través de la fe, aquellos que
sufren un dolor, pena o resentimiento
algunas veces son llevados al punto de
reclamar:¿Dónde está Dios?"
En Navidad, al menos durante un día,
nos encontramos en nuestro mejor
momento, bajo el milagro de abundante
canto, risa y charla, el disfrute de dar, el
placer de recibir. Tanto afecto, tantos
recuerdos y oración vienen juntos.
Entonces sabemos que existe una bondad
en el mundo que ninguna cantidad
de malicia humana puede destruir, porque
el cielo ha bajado en cada uno de nosotros
a través de un pequeño niño, hijo
de Dios e hijo de María. Nos damos cuenta,
otra vez, que a pesar de todo, la bondad
y el amor, los cuales son dones de
Dios, pueden explotar con una feliz consecuencia
de atención, amabilidad,
esfuerzo, tolerancia, paciencia y esperanza
por la paz. La luz brilla y la oscuridad
es ahuyentada de la faz de la tierra
el día de Navidad.
Entonces sabremos la verdad de esa
Palabra de esperanza que Dios habló
desde toda la eternidad y que fue nacida
en Belén. Esa Palabra nos dice "Aún
cuando todo lo demás se derrumbara, mi
amor está contigo, te rodea, toca tu vida
en muchas y diferentes maneras. Mi
amor perdona y te sana; mi amor nunca
te dejará o te abandonará".
Una feliz Navidad y un Año Nuevo
lleno de bendiciones para todos ustedes.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago