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Arquidiócesis de Chicago
Fe sin barreras
El ministerio de Kolbe House lleva consuelo a los presos

A dos cuadras de la cárcel del Condado de Cook, en La Villita, la parroquia de La Asunción sirve a una feligresía hispana que no deja de crecer. “Desde el tiempo que tengo aquí ha crecido de alrededor de 200 familias a unas 650” dice su párroco, Larry Craig. Pero además, las mismas instalaciones, ubicadas justo en la esquina donde se curva el boulevard de la calle 24 y el sur de la Avenida California, albergan a Kolbe House, el ministerio que ofrece consejería, misas y estudios bíblicos a un sector de la población del que muy poca gente se ocupa: los presos.

La misión de Kolbe House es visitar hombres, mujeres y niños encerrados en las cuatro instalaciones correccionales que abarca la Arquidiócesis de Chicago en los condados de Cook y Lake. El mi-nisterio abarca varias actividades, que van desde ofrecer servicios religiosos, oficiar misa y dar consuelo individual a los internos católicos hasta ayuda a las familias de las personas encerradas, referirlos para obtener consejería y ayudarlos con la pequeña despensa que tienen.

Bajo la dirección del padre Larry Craig desde 1983, año en que fue inaugurado por el cardenal Joseph Bernardin, Kolbe House cuenta con la ayuda del padre Arturo Pérez, quien funge como capellán y asiste a las cárceles casi todos los días de la semana desde hace dos años, el padre Dave Nelly, párroco de Precious Blood, y el diácono Ron De Rose. Sin embargo, el ministerio enfrentó un serio recorte de cinco personas en su equipo y ahora depende en gran medida de los voluntarios. “La cuestión es que no tenemos suficiente personal que supervise y entrene a los voluntarios”, dice el padre Larry, “así que no podemos emplear tanta gente como quisiéramos”. Pero agrega que en una próxima restauración espe-ran tener un cuerpo de volunarios “mejor y más grande”. Por ahora, el personal que labora es insuficiente para atender a las alrededor de 25 a 30 mil personas católicas encerradas en las cuatro cárceles.

A la reducción de personal, se suma la escasez de fondos. “Nosotros somos muy pocos”, dice el padre Arturo, “pero hay muchos evangélicos que asisten a la cárcel. Son grupos que, como tienen tanto dinero, pueden llevar biblias, revistas y otras cosas”. Al padre Arturo esto le parece natural. “Por eso muchos católicos comienzan a confundirse porque asisten a los otros servicios bíblicos. Eso no quiere decir que sea necesariamente malo, porque si tienen sed tienen que beber.”

Actualmente, Kolbe House es parte del programa de formación y entrenamiento de los nuevos diáconos permanentes, que ya fueron durante el verano a la cárcel y algunos están regresando a ofrecer servicios.



Nadie quiere visitarlos

Sin embargo, esta labor exige una entrega desinteresada que poca gente está dispuesta a realizar. “Hay parroquianos que hacen colectas de ropa, comida, van a los hospitales”, dice el padre Larry. “Pero simplemente no quieren visitar a los presos. A veces ni los sacerdotes quieren hacerlo. Entonces nosotros lo hacemos en su nombre. Aunque preferiríamos que vinieran algunos de ellos”, afirma.

Un caso excepcional es el de la señora Mariana Quiróz, quien tiene ya diez años como voluntaria de Kolbe House. Ella visita a “los muchachos”, como los llama, los miércoles. “Les hacemos un servicio” dice, “les damos la comunión, hacemos las lecturas del Evangelio del siguiente domingo. Después dialo-gamos con ellos, nos platican qué es lo que entendieron de la lectura”.

La señora Quiróz es una parroquiana muy activa en La Asunción. La encontramos en una venta de ropa en uno de los salones de la iglesia. Platica con gusto sus experiencias y dice con humildad: “Aprendemos de ellos, y ellos aprenden de nosotros”. En esta labor ha encontrado fuertes situaciones emocionales. “En algunas ocasiones es muy duro escuchar sus testimonios. Pero a nosotros no nos gusta mucho que declaren por qué están allí. Ellos quieren desahogarse con uno. Nosotros llevamos la Palabra del Señor y que ellos agarren lo que les toque. Yo siempre les digo que el Señor sabe por qué los trajo, para darles una oportunidad más, porque en la calle no harían esto. Si en la calle nosotros les hubiéramos dicho ‘vengan a oir las lecturas’, no nos hubieran hecho caso”.

La señora Quiróz dice que los reclusos escuchan con mucha atención las lecturas bíblicas, pero que es al salir de la cárcel cuando se verá en qué medida están dispuestos a cambiar sus vidas. Desde hace 16 años, doña Mariana es voluntaria en la parroquia. Además de ayudar en Kolbe House es ministro de comunión, lectora, coordinadora de misas y del coro. “Cada quien hace lo que puede”, dice.

Una de las prioridades, según el padre Arturo, es dar a conocer el ministerio en toda la arquidiócesis, tanto para incorporar voluntarios y donantes, como para dar confianza a los familiares de los presos, que a menudo no quieren salir a la luz por temor a la reprobación. “Muchas parroquias tienen gente encarcelada”, afirma. “Pero nadie quiere decir nada, porque tienen mucha pena. Necesitamos lanzar este ministerio a las otras parroquias para que por lo menos las familias de la gente encerrada puedan sentirse cómodas para presentarse ante el sacerdote y hablar de su familiar encerrado. Ahora no lo hacen, se esconden.”

Kolbe House trata de ofrecer servicio a los familiares de los presos también. “Les preguntamos si necesitan algo”’ comenta el padre Arturo, “si quieren desahogarse, y venir aquí o tener cierta orientación. O personas que se dan cuenta de lo que hacemos y vienen a preguntar ¿cómo está mi hijo? Nosotros ayudamos de hacer esa conexión.”



Lugar para minorías

Como se sabe, la mayoría de los que se encuentran ence-rrados son afroamericanos y latinos, que además son gente pobre. “Porque si hay gente de dinero”, aclara el padre Arturo, “pueden pagar su fianza. Son los pobres los que están encerrados.” En sus incursiones diarias en las cárceles de los condados, el padre encuentra cada vez con más frecuencia que muchos de estos prisioneros son indocumentados, y no tienen a nadie aquí. “Están completamente solos” explica. “Nadie les manda el dinero necesario para comprar sus cosas básicas, pasta de dientes, cosas así. Tienen que encontrar maneras dentro de la cárcel de conseguirlas. Maneras buenas y malas.”

Es importante enfatizar que este ministerio ofrece confort espiritual a gente en situaciones muy difíciles, que necesita ser escuchada, por lo que parte del compromiso de los capellanes y voluntarios es escuchar y no juzgar a la persona. “La diferencia con las religiones protestantes que van a la cárcel” dice el padre Larry, “es que nosotros no buscamos conversiones, ni llevar gente a nuestra iglesia, sino escucharlos, dejarlos que se desahoguen, acompañarlos”

En otras palabras, ofrecer compasión al que la necesita, o como dice el padre Arturo, “este ministerio está inscrito en el Evangelio, cuando Cristo dice ‘Estuve en la cárcel y me visitaste’. Ese es un mandato evangélico.”

La situación es especialmente dura para los inmigrantes ilegales. “Hay muchos que no conocen el sistema de justicia y caen por primera vez”, comenta el padre Arturo. “Si son condenados y sentenciados es que serán deportados también. Aunque sus familias estén aquí.” En su ministerio, el padre Arturo ha conocido a un joven de Uruguay que no tiene a nadie en los Estados Unidos. “Su mamá acaba de llegar a Chicago”, nos informa, “se está quedando con amigos, pero ¿cómo va a sostenerse ella? Porque su juicio vendrá en noviembre o diciembre.”

Los centros correccionales a los que nos hemos referido son lugares de transición a donde se envía a los sospechosos en espera de ser juzgados. Algunos pueden evitar su permanencia en la cárcel del condado pagando una fianza mientras llega su juicio. Si son encontrados culpables son enviados a prisión. En este caso, las prisiones son centros estatales ubicados muy lejos del área de Chicago. A estos lugares es más difícil entrar y ofrecer este ministerio.

“En la prisión se quedan por mucho tiempo”, explica el padre Larry. “Cuando está encarcelado [antes del juicio] puede decidir, si vende la casa, si paga la fianza o el abogado. Nadie tiene dinero para las dos cosas. Porque un abogado, en estos casos cobra 20 mil dólares para empezar. La fianza 30 mil, más 20 mil del abogado, no se puede. Hay que escoger, entonces se quedan. Los que tienen más recursos pueden salir. Libres, pueden seguir trabajado, y además limpiar su reputación en el barrio, haciendo cosas buenas. Ayudando a otros en la corte, porque los pobres no tienen quién esté en la corte con ellos, quién hable a su nombre. Los otros tienen un concejal u otra persona con ellos. Entonces, cuando regresan el día de corte pueden decir que ese tiempo trabajaron todos los días, pagaron sus cuentas, fueron a misa, tienen cartas de referencia.”

El padre Larry considera que, dado que mientras no se dicte sentencia no se debe tratar a los reclusos como culpables, y que el encierro en la cárcel sólo es una manera de garantizar su presencia en la corte, de entrada todos los acusados deberían ser capaces de pagar su fianza, bajarlas y hacer este pago accesible.

La vida es muy difícil para quienes se reintegran a la sociedad después de un encierro prolongado. El Estado que los encierra no tiene una estructura que les permita volver a adaptarse. Esto lo ha atestiguado el padre Larry en los 37 años que lleva trabajando en el ministerio de las cárceles. “Aquellos que han estado encarcelados por más de diez años ya no pueden regresar a la sociedad”, afirma, y aclara: “Es decir, todos van a regresar, pero no pueden acostumbrarse porque el mundo ha cambiado. El barrio es dife-rente. Algunos van a salir pero, aunque tengan buen corazón, será muy duro”.

El padre Arturo comparte esta opinión y agrega que “el sistema no ofrece tampoco un apoyo ante tantos obstáculos. Entonces, aunque la persona quiera cambiar y aunque tengan la disposición, solamente para conseguir sus documentos, su seguro social, les ponen tantos obstáculos. Ellos dicen ‘bueno, si tengo que comer, entonces qué hago’ y regresan a lo mismo.”

“Pasa algo muy curioso” agrega el padre Larry, “todas las cifras dicen que se ha disminuido el crimen en Chicago, pero estamos encarcelando más gente, y por más tiempo. Hay que preguntarse por qué, y siempre son las minorías.”

En Kolbe House, han visto a muchos de los recién liberados pasar por la parroquia y pedir dinero para regresar a su casa. En ocasiones, incluso, los dejan salir a la medianoche. “A veces los cogen en verano” dice el padre Larry, “y van vestidos con shorts. Si los dejan salir en invierno, salen con lo que llevaban puesto.”



Lejos de la familia

Si la presencia en la cárcel es un reto para la estabilidad emocional de los internos, los días feriados son especialmente fuertes. Tal es el caso del día de Acción de Gracias, que se celebra en este mes. “Los días de fiesta son más depimentes para ellos”, explica el padre Arturo, “porque son los días para estar con la familia. Tratamos de regalarles tarjetas los días de navidad o de las madres. Porque ellos no tienen dinero para comprarlas y enviarlas a sus parientes. Tratamos de conseguir fondos para comprar estampillas para que ellos puedan estar en contacto con sus familias. Pero el contacto con las familias es difícil, porque algunos los niegan.”

Este es otro punto delicado, pues la vergüenza o el desprestigio social pueden afectar las relaciones del recluso con sus parientes. “A veces la esposa viene a visitarlos pero no trae a los hijos porque no quieren que lo vean así” dice el padre Larry. “La mayoría de las mujeres encarceladas tienen nietos pero no pueden tocarlos, los ven tras un cristal.”

Sin embargo, a la vuelta de los años el padre Larry se ha dado cuenta que la cena de Acción de Gracias es más común entre la clase media, pero no tiene el mismo impacto en la gente de bajos recursos, “porque los pobres no tienen para comprar pavo”, dice “o la familia no tiene papá. Esos días son cuando se exige que los jóvenes estén presentes en casa, entonces empiezan los pleitos. A veces la familia evita reunirse para no tener peleas. Esos días es cuando hay más encarcelados. Empiezan a beber, se pelean en la casa.”

Financiar las actividades es por ahora un desafío inmediato. “Nosotros comenzamos como otra agencia de la diócesis” dice el padre Larry. “Ellos nos prometieron que nos iban a mantener completamente. Pero con los años hubo menos dinero. Antes de estos cortes nos daban como el 50%. Ahora nos dan menos. Ellos dicen que van a seguir, que quieren el ministerio.”

Hace más de diez años comenzaron a hacer peticiones por correo. “Ahora tenemos unos 2,500 donadores que aportan regularmente” comenta el padre Larry. “El año pasado daban la otra mitad del presupuesto. Ahora que nos han cortado 130 mil dólares, pues hay que buscar eso también. El padre Larry dice que, a pesar de esto, la gente es reacia a responder las peticiones por correo. “A veces nos donan otras becas de fundaciones, pero son pocos ellos, porque tienen sus reglas y no quieren dar a una institución religiosa, y menos con los encarcelados.”

Puede enviar donaciones a Kolbe House a: 2434 S. California Ave. Chicago, Il. 60608. Para pedir informes sobre trabajo voluntario llame al (773) 247-0070 o escriba a KHjailmin@aol.com

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