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Arquidiócesis de Chicago
¡Diciembre siempre es diferente!

Siempre he pensado que el mes de diciembre es único... El olor a madera quemada de las chimeneas, el olor de la ropa de lana, los sabores de calabaza, manzana, canela, el cambio en la naturaleza, los días oscuros, las bajas tempera-turas, la nieve, la calefacción y demás cons-piran para que este mes sea simplemente especial. En diciembre, aparte de las relevaciones seculares con sus días feriados, una serie de eventos litúrgicos y devocionales llenan nuestra vida pública como católicos y nuestra vida íntima como hijos de Dios, colocando lo que somos y lo que hacemos en un mismo punto de conexión; "el verbo hecho carne".

La solemnidad de Cristo Rey marca el fin del tiempo ordinario. La Iglesia entra en un ciclo de espera, de anticipo y preparación. Las iglesias se revisten de morado o púrpura. Este color es un color real. Destaca el noble linaje del Mesías, del que vendrá. El que está por llegar es el Rey de reyes, el esperado y anhelado por la humanidad. Y para la sorpresa del mundo viene cubierto con frazadas de humanidad. Dios, en su amor al hombre, se dispone a venir a este mundo como uno de nosotros... De esta manera, por medio de la Encarnación del Verbo, Dios se hace hombre. A través de este encuentro entre la humanidad y la divinidad pudimos alcanzar vida nueva y vida en abundancia.

Es durante esa espera donde nuestro pueblo encuentra espacios que reafirman la Encarnación del Verbo. Tenemos la novena a Nuestra Señora de Guadalupe. El evento de Tepeyac marca la aparición de María Santísima al más pequeño de sus hijos; San Juan Diego. Esta novena, llena de cánticos, misas, rosarios, procesiones y demás, concluye con la festividad el 12 de diciembre. La creación entera se regocija en tal excelsa madre. Esta celebración no debe ser vista en competencia con el tiempo litúrgico del adviento sino complementaria. La imagen de nuestra Sra. de Guadalupe es la de una morenita en espera de un niño... ¿Acaso no es esa la tonalidad del adviento?

Entre los días aciagos del adviento encontramos otras novenas como por ejemplo la del Divino Niño. La comunidad colombiana se deleita en esperar al niño Dios con rosarios, misas, cánticos navideños y con un sentido verdadero de fiesta y anticipación. El pesebre adquiere una importancia lógica y la realidad inmediata se mezcla con la fe en un momento de intercambio religioso-cultu-ral. En Puerto Rico son muy populares las "misas de aguinaldo". Al rayar la aurora de un nuevo día se celebra la eucaristía con mucho sabor isleño, guitarras, maracas, cuatros, y villancicos. Todo en anticipación de tan sublime nacimiento. Nuevamente vemos el verbo encarnándose en las acciones cotidianas de un pueblo que ama a Jesús.

¡Pero la cosa no se queda ahí! Muchas comunidades organizan pastorelas. Estos dramas religiosos, inspirados en los autos de fe, proponen la lucha del Bien y el Mal, dentro de un contexto de lo cotidiano ya sea en el tiempo de Jesús o en algún otro tiempo. En las pastorelas se involucra toda la comunidad. Todas las clases sociales, los orígenes, las edades, en fin todo el pueblo está representado en la escena final que por lo regular se lleva a cabo en el pesebre. El pueblo también se solidariza con José y María durante las posadas. El padre y la madre terrenal del niño Dios buscan posada y protección. Son inmigrantes en su propia tierra. Este año con tanto movimiento a favor de los inmigrantes de este país, esta imagen debe ser muy poderosa y de un profundo significado... La esperanza es que el niño Dios encuentre albergue en nuestros corazones. Estamos llamados a dejarlo nacer primero en nuestra fe, seguido en nuestras vidas y luego en nuestros pesebres. Sólo así será una verdadera Navidad. Queridísimos lectores... ¡Que pasen una feliz Navidad y un jubiloso año nuevo! Diciembre siempre es diferente...