¡Santos y santas del Señor…
rueguen por nosotros!
Este artículo ha sido una revisión de otro previamente publicado en este periódico en noviembre del 2004.
Uno de los encantos de nuestra ciudad es el cambio de estaciones. El tiempo marca su paso según las estaciones cambian, se trasforman, evolucionan, nos sorprenden y finalmente nos abrazan. El cambio de estaciones es predecible inevitable y absoluto. Una de las celebraciones seculares de nuestro país se lleva a cabo el 31 de octubre. Esta celebración cuenta con raíces religiosas que debido a la comercialización de nuestra sociedad se han perdido, dándole el nombre de “Halloween” o la noche de las brujas. Esta celebración secular se hace en la oscuridad de la noche.
En medio de la oscuridad de un Chicago otoñal nos refugiamos en la luz. Para los hombres y mujeres de fe el 31 de octubre se celebra la víspera de todos los santos. En tal víspera nos vestimos de luz. Reconocemos la presencia de incontables personas quienes durante su existencia terrenal vivieron en la luz de Jesús y ahora contemplan el rostro de Dios. Recordamos a nuestros santos.
Pero… ¿Por qué en la víspera? ¿Por qué en la oscuridad? ¡Porque es adecuado! Es en la oscuridad donde la luz tiene sentido. Fue en la oscuridad del sagrado vientre de la Virgen María donde fue encendida la eterna llama de la luz del mundo. Fue en la oscuridad de un sepulcro vacío donde quedó hecha la promesa de la resurrección. En la oscuridad de la noche todos los santos brillan.
Ellos brillan por su relación especial con Dios. Una relación que comenzaron durante el trascurso de su vida terrenal. En un momento dado de su existencia reconocieron su llamado a ser imitadores de Jesús. El Cuerpo de Cristo, contenido en su iglesia, ha dado reconocimiento público de su comunión con Dios. Comunión representada en sus actos, obras y servicio. Celebramos aquellos quienes lograron mantener sus ojos fijos en un Dios viviente y verdadero, confiados en el Señor. Celebramos la gloria de aquellos que no hicieron nada fuera de lo común, excepto la voluntad del Altísimo.
En sus días, muchos de los santos no vivieron vidas heroicas. Ellos simplemente hicieron lo que se esperaba de ellos en su momento histórico y como consecuencia de su amor a Dios. Santa Teresita del niño Jesús fue una simple monja de clausura, quien murió a temprana edad de tuberculosis. San Francisco De Asís fue un adolescente que quería ser un soldado en las cruzadas. San Pedro fue un pescador sin ninguna educación formal y Santa Inés fue una simple joven que creyó en el cristianismo. Nada glamoroso. Dentro de lo ordinario de sus vidas ellos creyeron y demostraron con sus propias vidas mortales lo que significa el llamado a la santidad. Ellos se convirtieron en reflejos de la gracia de Dios y por eso hoy brillan en el cielo y en la oscuridad. En la oscuridad como modelos, en el cielo como destellos de Dios.
Pero los santos no brillan solo para verse bien. Al brillar nos recuerdan la invitación que se nos hizo el día de nuestro bautismo. ¡Tenemos un llamado a ser santos! También nosotros podemos disfrutar de las bendiciones de una vida saludable en el Espíritu, llena de gracia. Una vida santa donde le permitamos a Dios hacer maravillas con nuestra existencia. En lo cotidiano, en la sencillez de nuestra existencia, podemos servir al Señor en nuestras familias, trabajos, comunidades, en fin en nuestras realidades. Todos somos hijos de la luz y hacia la luz debemos ir.
¡Que de lo ordinario de nuestras vidas podamos experimentar lo extraordinario del amor de Dios! ¡Feliz fiesta de todos los Santos!