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Arquidiócesis de Chicago
Dos visitas... un solo pueblo.

El Reverendísimo Don Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia, en un deseo genuino por desarrollar una pastoral del emigrante en su iglesia local de Michoacán, convocó a varios líderes de orígenes local y estadounidense a una reunión donde el tema de la migración se hizo vigente. Durante dos días nos reunimos a orar, dialogar y analizar la realidad de muchos michoacanos que vienen a los Estados Unidos buscando un mejor porvenir. Chicago tiene una población significativa de michoacanos, en su mayoría católicos, que contribuyen con su dedicación, trabajo y fe no solamente a la sociedad y la economía de esta nación sino también enriquecen con su presencia a la Madre Iglesia. En un espíritu de discer-nimiento y alegría, el Obispo Don Juan Manz y yo, su servidor, respondimos al llamado de la invitación.

Fueron dos días de oración, reflexión, análisis y creación de estrategias pastorales. Uno de los retos que pudimos identificar fue que muchos de nuestros inmigrantes no vienen "preparados" a enfrentar un sistema que inmediatamente los categoriza de emigrantes con todas las consecuencias y procesos que esto conlleva. Nuestra gente hispana, debido a los mucho lazos que sostienen con residentes y ciudadanos en este país (lazos de sangre, de familia, de negocios y de amistad entre varios), no se ven a ellos mismos como extranjeros ni inclusive como indocumentados. Se decidió que un proceso de "concientización" por parte del liderazgo religioso en Michoacán era necesario para que nuestros inmigrantes "sufran menos" al llegar a este país. Por nuestra parte se consideró identificar los diferentes grupos de asociaciones michoacanas que pudieran fungir como apoyo y puente entre aquellos recién llegados y la infraestructura de este país. Terminamos nuestra reunión celebrando la sagrada Eucaristía en la catedral de Morelia, un sueño de religiosidad arquitectónica colonial enmarcada en piedra de cantera rosada. Los morelianos nos saludaban con sumo respeto y cariño. La misa muy solemne y significativa fue presidida por don Alberto. Don Juan Manz, al fungir como homilista, nos llamó al apoyo mutuo como cristianos.

La asamblea por su parte, con suma devoción y en un espíritu de profunda oración, inclinaba sus cabezas ante el milagro de presenciar cómo dentro de lo ordinario de su día encontraban lo extraordinario en la eucaristía. Su profundo respeto reflejaba la firme creencia de aquel que simplemente se encuentra frente al vestíbulo del cielo. Y fue bajo un cielo estre-llado donde disfrutamos de la hospitalidad legendaria de don Alberto en el patio interior de su residencia. Así, regresamos a nuestros lugares de origen, llenos de muchos proyectos para la pastoral del inmigrante y de harto entusiasmo para llevarlos a cabo con el favor de nuestro Dios Todopoderoso.

Seguido a este evento, hice acto de pre-sencia en la decimoctava conferencia de sacerdotes hispanos de los estados Unidos que se llevó a cabo en la tierra de mis padres y la que me vio crecer, mi querido Puerto Rico. La vista de la costa isleña, los adoquines del viejo San Juan, los artesanos en sus plazas, el cafecito y los coquíes
conspiraron para hacer de esta convocación un éxito en varios niveles. Ni siquiera la copiosa lluvia de los primeros dos días logró quitarle el encanto a "la isla del encanto". La deliciosa comida, hospitalidad del isleño y el cantadito del acento local dejaron una impresión muy positiva en los asistentes de la reunión.

Los presentadores con su pasión y chispa nos recordaron la importancia de la Eucaristía, de la devoción popular y de la preparación necesarias en el sacerdote para llevar al pueblo hacia Dios. La gama de presentaciones, un obispo hispano de los Estados unidos, varios sacerdotes latinos (estadounidenses y locales) un laico ex mi-nistro pentecostal y convertido a la Iglesia católica, un laico líder pastoral trabajando con los jóvenes, fueron sumamente provocativas y produjeron un debate enriquecedor en los miembros de la asamblea. También tuvimos elecciones para seleccionar la nueva mesa directiva de ANSH; Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos. De las tres misas que tuvimos la oportunidad de celebrar dos de ellas fueron en comunidades de fe locales llenas de ritmo y sabor caribeños. Nadie se durmió en misa y salimos con el espíritu alborotado, llenos de gozo por la celebración eucarística. Una de ellas me resultó muy significativa.

La primera noche celebramos la santa misa en Catedral de San Juan. Este edificio, cuya construcción data del siglo dieciséis es una magnífica creación del diseño neoclásico español. Las bóvedas cubiertas de murales, sus altares y capillas llenas de santos de tamaño natural con vestimentas y cabello real, la procesión llena de un formalismo vaticano me hizo pensar que la misa iba a adquirir un carácter formal, tradicional y barroco, lo cual no presentaba para mí ningún inconveniente. Grande fue mi sorpresa cuando la procesión dirigida por seminaristas en sotana, roquete, guantes blancos y cruz profesional de plata iba al ritmo de música viva puertorriqueña donde los miembros de los coros no solamente alababan a Dios con sus voces sino también con la energía y el entusiasmo de sus cuerpos, moviéndose al ritmo del son. Las paredes de la catedral vibraban de alegría, al igual que los 120 sacerdotes concelebrando y los feligreses que participaban con sumo gusto. Daba la impresión de que hasta los santos danzaban para Dios. Esta aparente contradicción de lo neoclásico versus las congas, el incienso versus un santo cantado al ritmo del "le lo lai", fue un bello ejemplo de una Iglesia inculturizada, consecuencia de la fe de pueblo.

El Arzobispo de San Juan, Don Roberto Gonzáles, nos hizo recipientes de su hospitalidad al invitarnos a una recepción y cena en su palacio arzobispal, donde por 300 años los obispos de San Juan han recibido a sus invitados. Con su inmaculada guayabera, sus pausados ademanes y profundo sentido de hospitalidad nos hizo sentir a todos bienvenidos y de la casa.

Estas dos experiencias reafirmaron en mí el sentido único, vivo y universal de nuestra Iglesia en la América Latina. Sin importar las diferencias cosméticas de acentos, música y arquitectura, el pueblo de Dios se une en una misma fe y en un mismo credo. Nuestros hispanos de dife-rentes partes del mundo aman, adoran y
celebran a un Dios verdadero y transparente. Ya sea en el palacio arzobispal del viejo San Juan, la Catedral de Morelia o en una capillita de La Habana nuestra gente dice presente... un solo bautismo, un solo pueblo... una sola fe.