¡Cuando se quiere de veras!
Padre Claudio Diaz
Cuando yo era un niño, en mi vecindario vivía una pareja que había estado casada por más de cincuenta años. Don Juan y doña Moncita, como les conocí, siempre estaban juntos. Se trataban con el respeto y la profunda ternura de los que se acababan de enamorar. La devoción de don Juan se manifestaba en su “sumisión” a las necesidades de su esposa. Nunca titubeaba si ella necesitaba ayuda en el jardín o buscar algo en el mercado para la cena.
Lo mismo se podía decir de ella, quien siempre estaba preocupada por lo que don Juan llevaba puesto, por lo que comía y en fin complaciéndole de una mera fiel. Cuando don Juan cayó muy enfermo en un hospital, doña Moncita nunca se apartó de su cama, dándole apoyo y simbólicamente respirando por él hasta su último suspiro... Ambos comprendieron el secreto de estar subordinado o sometido el uno al otro. Ambos entendían el misterio de amarse el uno al otro como Cristo ama a su iglesia.
La segunda lectura tomada de San Pablo a los Efesios para el vigésimo primer domingo del tiempo ordinario, el último domingo de agosto, hace un llamado a las esposas a estar “sujetas” a sus esposos y a los esposos a amar a sus esposas en imitación de Cristo y de su iglesia. En realidad ambas posturas representan lo mismo. Aparte de la palabra “sujeta” o “subordinada” cuyo origen es el griego y que en ocasiones al ser traducida al latín y eventualmente al español, quizás perdiendo el profundo sentido del término, es necesario el colocar el texto dentro del contexto y revisitar esta palabra con un entendimiento más completo y cercano al uso original de la misma.
El uso común de la palabra subordinado en varias culturas actuales describe un estado sometido, subyugado y hasta oprimido. Muchos seres humanos han malinterpretado este concepto en un atentado por manipular y controlar a su pareja. Subyugar a alguien no es amor, es control. Luego entonces, debemos adjudicarle una definición más completa e idónea a la palabra y por ende al concepto.
En español decimos “cuando se quiere de veras se da el corazón”. En otras palabras cuando tú verdaderamente amas a alguien entregas el alma. Al dar tu corazón, este se convierte en “prisionero” voluntario del objeto de su afecto. Cuando amas tu deseo es el de entender, complacer y colocar las necesidades del otro en prioridad. Tu voluntad, por amor, se pone al servicio de la otra mitad. Uno se “subordina”, libremente y por amor, a una relación de iguales, en un estado de subordinación mutua y recíproca. Esta es la esencia que mantendrá un matrimonio unido. El resultado es una sola carne, una sola voluntad expresada en los deseos de un solo corazón. Luego así, maridos aprecien, valoricen y amen a sus esposas. Recuerden que ellas son “carne de su carne”. Desechen toda noción cultural que les impida dar el corazón a sus esposas. Me refiero a la actitud ignorante y provincial del machismo. Cualquier ofensa contra su esposa es como si se la estuvieran haciendo a ustedes mismos. Esposas recuerden que lo mismo es válido para ustedes. En un matrimonio son co-creadoras de esa relación. Como hijas de Dios tienen el privilegio y el deber de llevar una situación de muto acompañamiento. No hay lugar para que agendas extremas y externas, como un ultra-feminismo, se lleven la mejor parte de su matrimonio. La única agenda debe ser el amor, debe ser Cristo. El resto del texto nos exhorta “sométanse los unos a los otros, por reverencia a Cristo”. El texto es claro: el sometimiento es para esposas y esposos.
Un ejemplo de esa entrega, abandono y amor generoso son las esposas de los diáconos. Imitando el amor de Jesús por su iglesia, tan enfatizado por las escrituras, se someten a la voluntad de Dios, apoyando a sus maridos en su vocación al diaconado permanente. La mujer que toma esta decisión a cabalidad, libre y conscientemente, sabe que esta vocación dada a su esposo y confirmada por la Iglesia debe de ser una extensión del amor que ella posea por su marido.
Las esposas de los diáconos que plenamente comprenden este misterio ven en este llamado del esposo no una pérdida (menos tiempo con él) sino una ganancia para el Cuerpo de Cristo en las acciones sacramentales y pastorales de su marido. Este es un acto de sometimiento al Espíritu, un acto de profunda humildad, sometimiento por amor. Durante el mes de septiembre las esposas de los diáconos tendrán un día de reflexión en la parroquia Providencia de Dios para renovar su espíritu y redescubrir el gran tesoro que representan y la plenitud de su identidad como esposas de los diácono y parte del Cuerpo de Cristo. Elevemos una oración por todas las esposas de los diáconos.
Como hombres y mujeres estamos llamados a imitar a Jesús en su amor por la humanidad y por la Iglesia. El amó a la humanidad tanto que se entregó, sin pobre autoestima, sin fatalismos ni titubeos, por los pecados del mundo. También amó tanto a la Iglesia que se convirtió el sacrificio perfecto para espiarla de toda falta y convertirla en una fuente de luz y esplendor del mundo. Pero… ¿Acaso no es eso lo que se hace cuando se ama? Cuando se ama “se entrega el corazón” y se hace todo lo posible para que el otro brille. Cristo nos invita a seguirle y a compartir su amor con los demás. ¿Dónde comienza esta empresa? En el hogar, la unión de profundo y mutuo sometimiento y abandono... como don Juan y doña Moncita, hasta el último suspiro.