Los mártires: Testigos y testimonios de la fe
Padre Claudio Diaz
La devoción del pueblo es algo poderoso. Resulta hermosísimo ver como el pueblo “baja cabeza” en profunda adoración ante Dios y en respeto y veneración ante sus santos y reliquias. La palabra reliquia viene del latín reliquae y su contraparte en griego es leipsala. En el caso del catolicismo desde la era de los apóstoles se han honrado objetos, partes de los vestidos o partes del cuerpo de los santos y mártires a manera de recordatorio, de memorial. La Iglesia siempre ha respetado aquellos signos y símbolos materiales que provienen de las bendiciones de Nuestro Señor Jesucristo. Es una obligación amorosa para los obispos, párrocos y teólogos el instruir al pueblo sobre el concepto de las reliquias.
En ocasiones las personas, basadas en ideas novedosas, de apariencia constructiva y con buenas intenciones, desarrollan creencias y posturas no ortodoxas, oscuras y hasta supersticiosas. Esto se puede dar como producto del dominio de la cultura sobre la religión o de un sincretismo religioso donde se mezcla lo católico con lo pagano, dando por resultado creencias torcidas y carentes de fundamento cristológico. Hay que purificar nuestras devociones de toda connotación que no tenga raíz en una espiritualidad cristocéntrica. La invocación a los santos y la veneración de las reliquias, el sacro uso de las imágenes u otras realidades materiales, deben estar exentas de toda superstición. La superstición tergiversa y destruye el propósito fundamental del objeto de nuestra veneración. Es necesario que la Iglesia eduque, visite y revisite todo baluarte y tesoro relacionados con las creencias sobre las reliquias.
Durante el mes de julio la Arquidiócesis de Chicago se honró con la presencia de las reliquias de seis mártires, sacerdotes, que durante la persecución contra los cristeros en México dieron su vida como testimonio de su fe en Jesucristo. Estos santos, los padres Pedro de Jesús Maldonado Lucero, Miguel de la Mora, José Maria Robles Hurtado, Luis Batiz Sainz, Rodrigo Aguilar Alemán y Mateo Correa Magallanes, fueron martirizados durante la persecución religiosa en el período de la década de los veinte y los treinta en nuestro hermano país. Estos seis “testigos” pagaron el precio que les exigía un gobierno opresivo y sin tolerancia religiosa. Con su sacrificio y muerte sellaron el pacto que hicieron con Dios de nunca negarle, de ser fiel al evangelio de nuestro Señor Jesucristo y a su Iglesia. Sus últimas palabras confirmaban lo que creían y amaban: “Viva Cristo Rey.” Su canto de victoria resonó ante su declaración de fe adjunto con obras.
Por iniciativa de los Caballeros de Colón. Estas reliquias están visitando diferentes lugares en los Estados Unidos. Esta peregrinación pretende promover el conocimiento de estos héroes y la devoción por estos santos. Con el deseo de llevar estas reliquias a diferentes ámbitos fueron traídas a la catedral de Chicago el domingo 23 de julio. Este gesto resultó muy propicio ya que en la catedral muchos no hispanos tuvieron la oportunidad de aprender sobre ellos y venerarles.
Estas reliquias son el recordatorio de un ser humano que vivió su fe sin límites, sin condiciones ni excusas y hasta las últimas consecuencias. Son un testimonio físico del amor que estos sacerdotes tuvieron para con Dios y su plan de salvación. A imitación de Jesucristo, ya sacerdotes, se convirtieron en víctimas y oblación por la causa de la Iglesia. Por eso es que la iglesia debe recordarles y demostrar su apreciación por haber entregado la vida como generoso gesto.
Nuestra religión tiene un nivel de fisicalidad muy palpable. En nuestras eucaristías, liturgias y momentos sacramentales siempre utilizamos los aspectos físicos y sensoriales para facilitar un momento de encuentro con el Altísimo. Esto lo vemos en la imposición de manos durante las ordenaciones sacerdotales, el olor a crisma durante la unción prebautismal, el incienso y las velas, los colores litúrgicos, el signo de paz, los cantos y las campanillas durante la consagración. Esa fisicalidad se refleja en nuestro tratamiento de las reliquias. La primera conexión que hacemos es a nivel humano. Ellos también respiraron, sonrieron y vivieron como nosotros. Se nos muestra en su relicario como posibilidad y realidad de la vida eterna.
Por otro lado las reliquias reafirman la teología del cuerpo. El cuerpo humano fue creado por Dios. Dios lo creo con amor, con dignidad. Luego entonces, el cuerpo debe ser tratado con reverencia, con respeto. En esos huesos o reliquias estuvo morando el Espíritu Santo, en un cuerpo que contribuyó con su ejemplo al plan de Dios.
Ciertamente las reliquias también enriquecen el concepto de que somos el cuerpo de Cristo. En nuestras mentes y corazones, los mártires, cuyos huesos veneramos, no están muertos. Por la misericordia de Dios Todopoderoso creemos de que están disfrutando del banquete celestial, las bodas del Cordero. Su sacrifico no pasará desapercibido y su testimonio no fue en vano. Desde el cielo son modelos a seguir, muestras de una fe que te lleva a declararla hasta con el último suspiro de tu vida.
La gran diferencia de las reliquias y un hueso común y ordinario en la fe. Es precisamente la fe en nuestro Señor la que les da ese carácter especial, afirmativo y único. Es la misma fe que nos garantiza que algún día, si perseveramos en Jesús y en su amor, nos reuniremos con ellos, los santos y mártires, a celebrar eternamente Las maravillas que Dios ha hecho con nuestras vidas. ¡Que vivan los mártires! ¡Que viva Cristo Rey!