Diácono Miguel A. Valle
Gracias a «Chicago Católico» que nos vuelve a dar la oportunidad de seguir compartiendo las vidas de nuestros «héroes de la fe»; aquellas personas como tú y como yo que supieron «negarse a sí mismas» y venciendo todas las tentaciones, pudieron vivir su compromiso bautismal, vivir como verdaderos hijos e hijas de Dios en los distintos estados de vida: consagrados, casados o solteros. La Iglesia, al revisar su vida y ver que vivieron en «grado heróico» su fe, su esperanza y su caridad, nos los propone como «ejemplos a imitar» en su manera de vivir el Evangelio: recordamos lo que dice san Pablo a los cristianos de Corinto en su Primera Carta; «sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (11,1). Lo mismo nos podría decir, por ejemplo, san Martín de Porres, san José-María de Yermo y Parres, las Beatas Gianna Beretta Molla, Teresa de Calcuta
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A la misma vez, al estar ellos ya en la presencia de Dios, viéndolo «cara a cara», y por la «Común-unión de los Santos» pueden interceder ante Jesucristo el Señor, quien también es Dios, y «Unico mediador» ante el Padre, entonces El une las oraciones de sus «amigos» los Santos a la suya y la presenta al Padre Dios.
Santa Zita
Una mujer que se santificó desempeñando un trabajo humilde.
Zita nació en Lucca, Italia, en el año 1272, de una familia campesina pobre, pero temerosa de Dios, muy piadosos. De pequeña, bastaba que la mamá le dijera; «Esto agrada a Dios», para que la niña lo hiciera. Y bastaba decirle:» Esto no agrada a nuestro Señor» para que dejara de hacerlo. Cuando cumplió 12 años, a causa de la pobreza en que vivía su familia tuvo que emplearse de sirvienta en una familia rica. El consejo que le dió su mamá al despedirse de ella fue esto; «En tus acciones y palabras debes pensar ¿esto agrada a Dios? Y este consejo le ayudó a comportarse bien.
El jefe de la familia donde Zita fue a trabajar, era de temperamento violento y mandaba con gritos y palabras humillantes, por eso todos los trabajadores lo detestaban, menos Zita que lo aceptaba de buena gana para asemejarse a Cristo Jesús que fue humillado y ultrajado.
Las demás empleadas le tenían envidia y la humillaban continuamente con palabras hirientes; pero jamás Zita respondía a esas ofensas ni guardaba rencor ni resentimientos contra nadie. Los obreros se disgustaban porque ella demostraba aversión a las palabras groseras y a los chistes y cuentos inmorales. Ya se imaginarán los apodos que le ponían, la tildaban de «besaladrillos», «beata», etc. Pero con el correr de los años, todos se dieron cuenta que era una verdadera «amiga de Dios», una santa.
Siempre desempeñó sus labores en la inmensa casa donde trabajaba con gran dedicación y repetía que «una piedad que te lleve a desentenderse de tus responsabilidades, no es verdadera piedad». Una vez un hombre quiso abusar de ella, y ella se defendió y le arañó la cara y éste fue a acusarla con el patrón y éste la insultó horriblemente. Zita no dijo ninguna palabra para defenderse, dejó a Dios que se encargara de su defensa. Y después se supo la verdad y el patrón tuvo que arrepentirse del trato tan injusto que le había dado y creció aún más su aprecio por su humilde sirvienta.
Su sueldo lo gastaba casi todo en ayudar a los pobres. Dormía en una estera, porque su cama y su colchón los regaló a una familia muy necesitada. Se cuenta que un día de invierno, con varios grados bajo cero, fue a misa y su patrona le prestó una manta para que se protegiera, pero al llegar a la puerta de la iglesia se encontró con un pobre y sin pensarlo dos veces, le dió la manta, al volver a casa sin la manta, su patrona la regañó por haber dado aquella tela. Poco después apareció en la puerta de la casa un señor misterioso con un hermoso manto de lana y no quiso decir quién era, solo que esa manta era para la dueña de la casa. Zita solo dijo; «un ángel del Señor vino a visitarnos». En otra ocasión llevaba entre los pliegues de su delantal lo que había sobrado del almuerzo, al verla su patrón le preguntó que llevaba, ella abrió su delantal y solo apareció un montón de flores.
El día que le quedaba libre lo dedicaba a visitar a los enfermos, a los pobres, a los presos, en ayudar a los condenados a muerte. El Señor la favoreció en el don de milagros y carismas entraordinaros. Así vivió por 48 años demostrando a todos que en cualquier trabajo o profesión que sea del agrado de Dios, se puede llegar a una gran santidad.
Fueron tantos los milagros que se obraron por su intercesión que el Papa Inocencio XII la declaró santa estableciendo el 27 de abril su fiesta litúrgica. Su culto se extendió rápidamente, sobre todo entre la clase humilde y, sobre todo entre aquellos que trabajan en el servicio doméstico, dándonos así una gran lección que en un trabajo humilde se puede ganar la gloria del cielo.