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Arquidiócesis de Chicago

La Cuaresma: Jornada hacia la Tierra Prometida

La cuaresma es el tiempo humano, un momento cronológico, un espacio en donde nos movemos hacia la Tierra Prometida. Es una pausa intencional dada por la iglesia para caminar con Jesús. Comprende el ser parte y caminar con Jesús en su vida, pasión, muerte y ultimadamente su gloriosa resurrección. Esto implica el tener una compresión justa de la función desempeñada por Cristo dentro del plan de salvación.

Los conceptos muerte y resurrección no se pueden separar, van de la mano. No podemos quedarnos en la muerte de Jesús. El mantenernos estáticos, estancados, sin evolucionar dentro de nuestro entendimiento y jornada espiritual a la luz del sacrificio salvífico de Jesús, niega la posibilidad a nivel teórico de una vida eterna. El concentrarnos simplemente en la resurrección, cancela el valor de su sufrimiento por el mundo, relativiza el sentido de sacrificio en el Calvario y provoca un falso optimismo de que "yo estoy bien y tú estas bien" independientemente de lo que hagamos. No podemos, en justicia, vivir la Cuaresma sin la Pascua y no podemos entender la pascua sin la cuaresma. Uno es el vehículo, la Cuaresma, y el otro, La Pascua (la resurrección), la finalidad.

Ahora bien, la cuaresma es un tiempo litúrgico marcado por la ausencia de varios símbolos para que podamos concentrarnos en la jornada de amor de Jesús por nosotros. Se vacían las fuentes de agua bendita, se remueven las flores de los altares y del santuario, los rituales y liturgias adquieren una forma simple y espartada (ausencia del Aleluya y del Gloria, himnos más cortos y sencillos) y se añaden algunos como la recepción de las cenizas, el acto penitencial de rodillas y el uso del color morado. La idea es crear una atmósfera de retiro, en imitación a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su ministerio público.

En un espíritu de oración, abstinencia, introspección, solitud y discernimiento, Jesús se movió al desierto. Si han estado en el desierto o sin lo han a través de la magia de la fotografía o el celuloide, el desierto se presenta con elementos exóticos donde la belleza y suavidad de las arenas, la tranquilidad de la vista y la luz mañanera crean un mundo que puede ser idealizado y de fantasía. Pero es también en ese desierto donde encontramos elementos impredecibles o incontrolables; la falta de agua, los espejismos, las repentinas tormentas de arena y la soledad.

En la Cuaresma somos nosotros los que nos movemos con Cristo en ese desierto. Si nos movemos al desierto intencionalmente podremos identificar en esta jornada la belleza que reside en nuestra asistencia a liturgias de carácter personal, humano, a la reconciliación sacramental a través de la confesión, a la recepción de símbolos tangibles como las cenizas y las palmas en Domingo de Ramos. Pero también encontramos lo impredecible; la tentación.

Jesús, en su cuaresma fue tentado con necesidades corporales, con riquezas materiales, poder político y ultimadamente con la posible traición a Dios, traición a sí mismo. Nosotros quizás somos tentados con la pereza de no asistir a los momentos de oración que nos da la iglesia o de hacer el bien a otros porque "me siento cansado". Quizás en nuestras casas nos comportamos como semi-dioses abusando y aterrorizando a los demás miembros de la familia, abusando de nuestra autoridad que ultimadamente no es un lujo ni un derecho sino una responsabilidad y un privilegio. Quizás constantemente estamos llenando ciertos vacíos, alimentando apetitos indisciplinados por la comida, la bebida, la atención banal y el reconocimiento excesivo e innecesario, sin siquiera reconocer la necesidad de otros. Esto es muerte...

La cuaresma es preparación para la vida... La Cuaresma nos da ese espacio para enfocarnos en lo que verdaderamente es importante hacia en una jornada hacia algo incorrupto, duradero e inmortal. La oración, la abstinencia, el dar limosna, el hacer algo por los demás, los sacrificios son vehículos para estar en solidaridad con Jesús. Solamente de esa manera podemos estar en solidaridad con la voluntad divina y adquirir la sabiduría necesaria para comenzar a comprender nuestro papel dentro del plan de Dios y cooperar con Él. Solo así podemos ver la luz del sepulcro vacío... solo así podemos ser recipientes de una promesa: La Vida Eterna.