La Cuaresma: Jornada hacia la Tierra Prometida
La cuaresma es el tiempo humano, un momento cronológico,
un espacio en donde nos movemos hacia la
Tierra Prometida. Es una pausa intencional dada
por la iglesia para caminar con Jesús. Comprende el ser
parte y caminar con Jesús en su vida, pasión, muerte y ultimadamente
su gloriosa resurrección. Esto implica el tener
una compresión justa de la función desempeñada por
Cristo dentro del plan de salvación.
Los conceptos muerte y resurrección no se pueden
separar, van de la mano. No podemos quedarnos en la
muerte de Jesús. El mantenernos estáticos, estancados,
sin evolucionar dentro de
nuestro entendimiento y jornada
espiritual a la luz del
sacrificio salvífico de Jesús,
niega la posibilidad a nivel
teórico de una vida eterna. El
concentrarnos simplemente
en la resurrección, cancela el
valor de su sufrimiento por el
mundo, relativiza el sentido de
sacrificio en el Calvario y provoca
un falso optimismo de
que "yo estoy bien y tú estas
bien" independientemente de
lo que hagamos. No podemos, en justicia, vivir la
Cuaresma sin la Pascua y no podemos entender la pascua
sin la cuaresma. Uno es el vehículo, la Cuaresma,
y el otro, La Pascua (la resurrección), la finalidad.
Ahora bien, la cuaresma es un tiempo litúrgico marcado
por la ausencia de varios símbolos para que podamos
concentrarnos en la jornada de amor de Jesús por
nosotros. Se vacían las fuentes de agua bendita, se
remueven las flores de los altares y del santuario, los
rituales y liturgias adquieren una forma simple y
espartada (ausencia del Aleluya y del Gloria, himnos
más cortos y sencillos) y se añaden algunos como la
recepción de las cenizas, el acto penitencial de rodillas
y el uso del color morado. La idea es crear una atmósfera
de retiro, en imitación a los cuarenta días que
Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su ministerio
público.
En un espíritu de oración, abstinencia, introspección,
solitud y discernimiento, Jesús se movió al
desierto. Si han estado en el desierto o sin lo han a través
de la magia de la fotografía o el celuloide, el desierto
se presenta con elementos exóticos donde la belleza
y suavidad de las arenas, la
tranquilidad de la vista y la
luz mañanera crean un
mundo que puede ser idealizado
y de fantasía. Pero es también
en ese desierto donde
encontramos elementos
impredecibles o incontrolables;
la falta de agua, los espejismos,
las repentinas tormentas
de arena y la soledad.
En la Cuaresma somos
nosotros los que nos movemos
con Cristo en ese desierto. Si
nos movemos al desierto intencionalmente podremos
identificar en esta jornada la belleza que reside en
nuestra asistencia a liturgias de carácter personal,
humano, a la reconciliación sacramental a través de
la confesión, a la recepción de símbolos tangibles
como las cenizas y las palmas en Domingo de Ramos.
Pero también encontramos lo impredecible; la tentación.
Jesús, en su cuaresma fue tentado con necesidades
corporales, con riquezas materiales, poder político y
ultimadamente con la posible traición a Dios, traición
a sí mismo. Nosotros quizás somos tentados con la
pereza de no asistir a los momentos de oración que nos
da la iglesia o de hacer el bien a otros porque "me siento
cansado". Quizás en nuestras casas nos comportamos
como semi-dioses abusando y aterrorizando a los
demás miembros de la familia, abusando de nuestra
autoridad que ultimadamente no es un lujo ni un derecho
sino una responsabilidad y un privilegio. Quizás
constantemente estamos llenando ciertos vacíos, alimentando
apetitos indisciplinados por la comida, la
bebida, la atención banal y el reconocimiento excesivo
e innecesario, sin siquiera reconocer la necesidad de
otros. Esto es muerte...
La cuaresma es preparación para la vida... La
Cuaresma nos da ese espacio para enfocarnos en lo que
verdaderamente es importante hacia en una jornada
hacia algo incorrupto, duradero e inmortal. La oración,
la abstinencia, el dar limosna, el hacer algo por
los demás, los sacrificios son vehículos para estar en
solidaridad con Jesús. Solamente de esa manera podemos
estar en solidaridad con la voluntad divina y
adquirir la sabiduría necesaria para comenzar a comprender
nuestro papel dentro del plan de Dios y cooperar
con Él. Solo así podemos ver la luz del sepulcro
vacío... solo así podemos ser recipientes de una promesa:
La Vida Eterna.